El gremio dormido

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De un gremio de habitantes entre la cima y el valle, en una aldea rodeada de un muro semipermeable cubierto de espesa hiedra, os cuento la siguiente historia.

Hallábase el maestro regocijado de los resultados obtenidos en el desarrollo de su obra. De antiguas escuelas había conseguido perfeccionar el arte de la restauración de muebles. Las bisagras envejecidas retomaban su movilidad tras pasar por sus manos y las agrietadas láminas de madera recobraban su lustroso aspecto tras la recuperación de sus astilladas fibras. Los sistemas volvían a ser funcionales. Las puertas, ventanas, postigos, ojos de buey, mesas, sillas y marcos pasaban por sus manos y por su privilegiada mente para volver a tener sentido en las construcciones de los poblados cercanos.

Se enorgullecían los oficiales de poder transmitir a sus aprendices las enseñanzas de su maestro y con la idea de los pájaros todo había tomado una dirección de lo más interesante.

Desde el ventanal que lindaba con la plaza central de la aldea abarrotada de gente, el maestro había lanzado el primer pájaro una mañana de verano. Observando su primer vuelo a contraluz, juraría que el ave se había teñido de color azul prusia.

Y con los mensajes de los pájaros, los aprendices, oficiales y maestros iniciaron un prodigioso sistema de comunicación en el que todos tenían acceso a las propuestas, opiniones y la resolución de sus problemas y necesidades.

La fuente central resultaba ser el perfecto espacio para todas aquellas escrituras que caían de los picos de las aves para navegar sobre la red de nenúfares que allí se enraizaban.

De todos lugares llegaban aldeanos para reparar sus muebles. Pero eran insuficientes según la comunidad, que comenzó a manifestar malestar ante el conocimiento de que otros gremios restauraban aquellas obras de arte con métodos poco elegantes. En lugar de consultar con ellos, directamente eliminaban bisagras y las reemplazaban por otras. Fijaban ventanales en lugar de devolverles funcionalidad con el movimiento. Inyectaban extraños aceites en lugar de enseñar a los propietarios de los muebles a tratarlos con cariño y esmero y conservarlos con sus propios actos y no delegando su cuidado a otros, con métodos tan pasivos.

Si supieran esos artesanos de su existencia y las posibles ventajas de pasar por sus manos. Si les dieran la oportunidad de mostrar su trabajo. Si sólo aplicasen tales métodos cuando ya no hubiese mejor remedio…

Así que la red de nenúfares se llenó de protestas y los oficiales se lamentaban de tales actos de aquellos otros restauradores. Cada cual mostraba su opinión: algunos decían que lloraban en demasía; otros instaban a la acción y la protesta.

Entonces el maestro se reunió con los oficiales y decidieron escribir mensajes para todos los artesanos de la aldea escondida tras el precioso muro semipermeable. Y en plenilunio todos sintieron el clamor de la masa y el espíritu colectivo. Y hablaron de sus cualidades y se vanagloriaron de su conocimiento. Criticaron el desánimo de otros artesanos por conocerles y su pasividad a la hora de visitarles a su hermosa comunidad de helechos, nenúfares y pájaros azules.

Satisfechos, se retiraron a sus hogares y durmieron plácidamente, soñando con que algún día aquellos insensatos se dignaran en hacerles una visita.

Por el bien de los muebles.

Y la aldea de muros protegida, aislada del valle de los osados artesanos de aceites extraños, aguardó, hasta el fin de los tiempos.

 

 

 

Imagen|MONET