¿Dónde están las luces?

Ad líbitum

No es miedo al sufrimiento, sino a la incertidumbre del tiempo. Temor a perder la conexión con el mundo. Aterra la idea de ser un problema. El dilema se basa en la posibilidad o no de cambio. También es la presencia de la idea de hacer sentir mal a los demás. No ser útil es un tormento; no servir. Si uno está es para algo. El estar mal no tiene sentido y no encontrarlo es no tener objetivo y sin el mismo no hay motivo; se pierde la esencia de la inercia.

Temor a no saber, a no encontrar una respuesta; ¿Cómo?, ¿hasta cuándo ?, ¿de qué forma?, ¿hasta dónde? y la más importante: ¿Por qué?

Si estoy sintiendo dolor no entiendo de dónde viene, cuál es su cometido. Si estoy no sintiendo no comprendo por qué se olvidaron mis neuronas de mí. Por qué ya no me funcionan esas fibras que deberían estar en calma; por qué están tan alteradas y yo cada vez más débil. De dónde ha llegado esa falsa información y hasta qué punto mi organismo estuvo afectado como para esto. Ahora no sé qué me pasa, y tengo miedo a lo desconocido. Rabia de la ignorancia que me condujo a este momento.

El dolor si es consentido es menos enemigo de la incertidumbre.  Si la percepción se espera, si a uno le avisan de ello, al menos da tiempo de cerrar las ventanas y evitar que se cuelen señales allá donde se percibe un daño. Si conoces el camino por donde discurre tu enemigo, puedes organizar la ofensa, o al menos la defensa.

No quiero anestésicos, quiero razones. No requiero una salida sino una senda. Y si esta existe aunque en penumbra, al menos ya tengo algo por donde viajar el resto de mis días, un sostén en mi memoria que me reflote en los momentos de tormenta.

Si en la oscuridad se presenta, lo enfrento con toda la calma de la que dispongan mis prejuicios. En la soledad todo se ve más claro y eso a veces asusta. Pero al enfrentar al fantasma en su propio espejo el impacto al menos supone un desagravio.

Todos sufrimos alguna vez. Todos tenemos sentimientos. ¿Dónde están las luces?

Las palabras de aquel que te habla de frente sólo serán útiles si cuando te sostiene la mirada es capaz de mantenerla y no falsear su expresión.

Un abrazo, un aliento, un saber qué está ocurriendo desde la sostenida mirada del otro. Eso necesita la persona. Eso necesitamos todos alguna vez. Que nos presenten al enemigo; a veces amenazante, otras sorprendentemente pacífico. Que nos ofrezcan un espejo cristalino desde el que nuestra pupila proyecte el fantasma y en su reflejo se debiliten sus sobras.