La casa de la Fuente. Parte Uno.

La estación estaba vacía en el amanecer del tres de julio. Los campos arados del desértico lugar aguardaban tiempos mejores. Y allí, en mitad de la nada, un llanto rompía el silencio atormentando al sol. Su luz resbalaba sobre las piernas de la mujer. El rojo de vida se tornaba en violeta con el rayo y el brillo del mismo encendía piel del niño.

Había alumbrado sola, sin darle tiempo a llegar a la casa. Había imaginado otra cosa; esperaba haberse refugiado con algo más de tiempo para dar a luz en otras condiciones.

Exhausta, como pudo, se levantó y separó al bebé de su vientre, abrazándolo como si se tratase de su propia vida. Se enderezó torpemente y trató de seguir en dirección a la casa.

En sus pensamientos se confundía la euforia con el agotamiento. Allí nadie los encontraría. Pero entonces una sombra de duda la invadió. Un presentimiento, un desatinado acierto.

El sonido del motor le hizo abrir los ojos y reaccionar escondiéndose tras una de las esquinas de la estación. A esa hora parecía no haber nadie allí y el coche se acercaba sigilosamente. Tal vez sería el taxista con su mochila, pero dudaba que hubiese dado la vuelta una vez llegado a la ciudad para llevarle las pertenencias. Escuchó acercarse al vehículo y lo reconoció.

 

No era el taxi.

 

El impacto en el alma fue tan helado como el escalofrío que recorre un cuerpo en contacto con una prenda húmeda sobre la piel en invierno.

Era él. ¿Cómo la había encontrado? ¿La había seguido?, ¿cómo?

Esperó a que se marchase y retomó su angustioso camino. Había memorizado la senda. Como un sistema de navegación de socorro tenía grabado el mapa en su mente. Cuando vio el número de la casa rompió a llorar. Sostuvo al niño en los brazos. Pensó en lo pequeño que era. Respiraba bien a pesar de su prematuridad. Llamó a la puerta cuando de nuevo escuchó el sonido. Entonces, como en las escenas de cine, todo pasó lento y a la vez muy claro. Pensó que no había llegado hasta allí para nada. Dejó al niño en la puerta con un beso fugaz y una parte de su corazón se quedó en aquel escalón.

Sin mirar atrás corrió calle abajo en dirección a la estación en busca de ayuda. Aún sangraba. Cerca de la esquina colindante volvió a escucharlo. El coche se le vino encima y la mirada impenetrable la traspasó por la luna delantera. Con el último aliento consiguió impulsarse hacia la parte lateral evitando al coche. Quedó inconsciente antes de tocar el suelo.

Y en su interior soñó que volvía con él y lo amamantaba.

El golpe del coche contra la mediana despertó al guardia de la estación que desconcertado y confundido miró hacia la vía y el reloj. Aún era temprano para el tren de las siete. Entonces vio el coche y a la mujer en el suelo. Voló junto a ella y le tomó el pulso. Con sus nerviosas manos cambió el pulgar por el corazón al recordar algún consejo de un médico y entonces lo sintió, como el ligero aleteo de una frágil mariposa.

 

PARTE UNO

 

La casa de la Fuente

 

Aguasanta1

En la Casa de la Fuente, Agüita era una institución. Llevaba allí tantos años viviendo que casi se camuflaba con las paredes.

Los huéspedes habían ido cambiando a lo largo de los años pero, desde hacía ya algunos, casi no quedaban habitaciones libres, pues los tiempos de juventud de muchos de ellos se habían ido agotando y la casa se había transformado más bien en un refugio de viejos artistas de la vida más cercanos a la senectud que a sus propias manos.

Sin embargo, la casa no dejaba de tener vida , pues ésta no se va hasta que uno no se muere, y la  muerte allí no tenía dónde dormir.

Tanto era así que, a pesar de sus innumerables años, Fuente aún se preocupaba por estar bien aseada aunque sus piernas ya no le funcionaran como antaño. Agüita insistía en tenerlo todo limpio y en perfumar la cocina de aromas de eneldo, clavo y limón recién cortados de los árboles centenarios del jardín. Reina era la voz de la casa. Sus melodías inundaban los rincones. Las tres convivían en armonía y se complementaban aunque realmente Fuente echaba de menos cierta compañía con la que contaba de forma intermitente.

En el pueblo todos conocían la casa pero desconfiaban de los que la habitaban. Más bien temían comprobar que era cierto aquello que se contaba; que los huéspedes a pesar de sus años aún tuvieran tanta vida. En la casa los árboles siempre florecían con la luna llena, los pájaros jamás migraban y en las noches incluso más frías no se dejaba de escuchar el irritante canto del grillo.

Por eso en el pueblo evitaban la casa. Aquel lugar era un misterio y a la vez el anhelo de muchos. Sobre todo teniendo en cuenta el talante y estilo de vida de los habitantes de aquella región donde se llevaba por bandera la fe pero acompañada de poco espíritu, aun dándoselas de espirituales. Porque de nada sirve  rezar si no sientes lo que piensas, de nada te vale pedir si no das con el corazón.

Pasarían muchos años tranquilos, de puertas para fuera, en convivencia, sin problemas con el lugar, cual acuerdo tácito de mutuo respeto. Y, mientras, en la casa surgirían historias de lo más maravilloso entre los huéspedes y las mujeres que la llevaban. Las cosas, tal y como los habitantes del lugar creían que ocurrían, distaban mucho de la realidad, que era aún más fantástica.

De todas formas, la casa no había sido siempre así. Sus orígenes eran tan sencillos y poco originales que ya nadie los recordaba.

 

2

Con la llegada del ferrocarril el pueblo había ido tomando fama y muchos probaban a hacer fortuna en sus tierras. Pero no es oro todo lo que reluce como tal y esto es lo que le pasó a Vicente. Maestro de obras, empeñado en construir edificios seguros y rentables. Bajó un día en la estación con las ideas claras pero dio con banqueros sin escrúpulos  que le hicieron la vida imposible.

Ganándose la vida de sol a sol, el pobre hombre se quedó soltero.

El polvo de las zanjas y el sudor de su frente le irritarían los ojos y le impedirían mirar a las chicas en edad de merecer. Todo su amor lo volcó en la construcción de una magnífica casa. El orgullo se lo tragó con vino y la única compañía que tuvo fue la de su soledad.

Por eso un día Vicente juró que su hogar nunca más estaría solo. Una noche, desesperado y bajo las influencias de la cultura enológica pidió a la luna llena que si traía compañía a la casa siempre tendría la luz de Selene un lugar donde posarse, incluso cuando el sol y la Tierra jugaran a los eclipses. Usó toda la técnica y su ingenio, construyó esa noche un pozo donde la luz de plata se refugió en señal de respuesta. Bajo las estrellas, un pacto selló la casa y el patio se llenó de fulgor.

Y así fue como llegaría compañía en forma de sobrina, causando al hombre una agradable impresión. Lejos de sorprenderse, reconoció a su hermana en el azul de sus ojos. Encontró el resplandor que buscaba y le abrió las puertas del que sería hogar a partir de aquel día.

La sobrina pudo disfrutar de una compañía por su parte anhelada, y durante aquel tiempo se dieron mutuo amor. La casa fue testigo de cómo dos almas, separadas durante tantos años, pueden empastar de golpe y conseguir lo que muchas familias no hacen en toda una vida.

Y cuando le llegó la hora al viejo, quedóse ella sola, solita, pues ese tostado de café que llevaba por pigmento, y sus ojos azules mediterráneo la habían convertido en un bicho raro para los normales del lugar, de tez blanquecina y ojos pardos.

Eran tiempos buenos para el comercio, y para hospedar a los que con ese objeto por allí pasaban.

Por eso, Fuente, decidió alquilar las tres habitaciones con las que contaba la casa.

 

3

Fuenteclara era hija de su madre, pero no de su padre. O al menos eso decía su tía Aurora:

  • Esos ojos que Dios te pintó, sólo aparecen en niñas especiales. Y esa piel tostada es señal de fuerza. Hija mía, tú vivirás para contarlo.

La pobre niña asentía sin saber a qué cuando su tía le hablaba de aquella manera. Nunca sabía de qué se trataba. Fruncía el ceño cuando nadie la miraba. Sólo le preocupaba saber de dónde venía eso de que no tenía padre.

La madre de Fuente intentaba explicarle que algunas personas nacen simplemente del amor de la que le amamanta, y que los hombres no eran imprescindibles en los quehaceres de las mujeres. Pero siempre saltaba Aurora con eso de que ella era demasiado especial para entenderlo y que aun así viviría para contarlo.

La niña siempre intentó pasar página de esa duda que la atormentaba, pero el anhelo de una figura paterna se lo impediría durante largo tiempo.

Hasta tal punto lo echó de menos, que llegó a sentir fuertes dolores de barriga cuando veía criaturas pequeñas en sus cunas, llorando. Pensaba que ellos estaban sintiendo lo mismo ya que, siempre, ante tales reclamos, aparecía una mujer y no un hombre. Por eso, Fuente decidió no tener hijos, al menos sin un padre. Y por si acaso se mantuvo lejos de los hombres no fuese a ser que se desvanecieran en algún inoportuno momento.

Por desgracia las mujeres de su vida se fueron cuando aún era demasiado joven y tuvo que abandonar su casa y buscar otro hogar en el que la soledad no se la desayunara cualquier mañana.

Encontró el refugio perfecto en un convento al que llegó cuando contaba con quince años. La condición inamovible que acordó con las Hermanas fue la de marcharse en el momento en el que sintiera angustia vital, pues Fuente necesitaba estar en movimiento. Pero en lugar de movimiento se encontró con un empujón del destino, cuando el convento fue pasto de las llamas, misericordiosas, sin embargo, pues el incendio no dejó víctimas.

Así que sin saber dónde acudir y con temor a acercarse a la figura varonil, tuvo que hacer de tripas corazón e ir en busca del último familiar vivo, un tercer hermano, su tío. No sabía nada del mismo excepto por cierta carta que guardara su madre con recelo, y de la que recordaba el remitente, como dato que se esconde en la memoria cuando algún objeto te crea una admiración tan grande, que no puedes dejar de mirarlo. Y todo porque procedía de un hombre.

Para su sorpresa se encontró con un señor surcado de arrugas y de dulzura, con el que compartió techo y largas conversaciones durante pocos años, los suficientes para conocer al género masculino, que por cierto no resultó ser tan terrible.

 

4

La elección

La hospedería era una construcción de ladrillo visto, con grandes ventanales que enmarcaban las cristaleras esmeriladas en la planta superior, dándole al interior intimidad sin restarle luminosidad. El tejado a dos alturas rompía con la monotonía del resto de las edificaciones colindantes y hacían que la casa contara con varias estancias de encanto romántico, por fuera y desde su interior. Las cornisas y las columnas se apreciaban poco violentas para la vista. En piedra labradas cuidadosamente, envolvían con ternura, de principio a fin, los bordes superiores bajo los tejados y las esquinas de la casa.

Un hogar hecho con el corazón, para ser amado día a día.

El interior contaba con un zaguán algo estrecho, debido a un juego de espacios que Vicente quiso diseñar para dar sensación de amplitud con un tragaluz que se asomaba en el techo para recibir a las visitas con luz natural en días soleados.

Pero, una vez cruzada la entradita, se podía disfrutar de un gran salón, acogedor a la vez que imponente, que invitaba a pasar allí el día acompañado de un buen refrigerio.

La escalera era objeto de admiración entre los huéspedes. No por su elegancia ni por su originalidad, sino por la gran comodidad que se sentía al subir cada peldaño, que parecía que fortalecían cuádriceps y sóleos lejos de desgastarlos. Era como si ya la casa supiese lo que el destino le tenía reservado.

La última estancia interior de la planta baja, salvando la cocina, era la sala de estar en la que ahora Fuente dormía. En otros tiempos había sido lugar de charlas con su tío, cuando el salón de les quedaba grande en las cortas tardes de invierno y las largas horas de calor del verano durante los años que pasaron juntos.

Acomodada en una cama preciosa, Fuente descansaba a la luz del pozo que se asomaba desde la ventana que lindaba con el patio. Al otro lado de la habitación, un ventanal de medio punto le permitía ver la parte delantera de la casa y observar las idas y venidas de los huéspedes hacia la calle. Las paredes siempre habían estado pintadas de blanco, pero poco a poco se habían ido llenando de pinturas al óleo, acuarelas, carboncillo o sanguinas que los huéspedes le irían enviando de los diferentes lugares del mundo por los que iban pasando, conocedores de la pasión de Fuenteclara por la pintura.

La anfitriona recibía con alegría cada visita pero, lo que más le costaba, era sacar adelante la parte culinaria. La cocina era un espacio en el que ella se movía torpemente. Como podía se defendía con la salvedad de la parte dulce, en la que se manejaba mejor gracias a los años que pasó en el convento. Las Hermanas le enseñaron a elaborar los cortadillos, las yemas y alguna otra delicia y con ellas al menos podía contrarrestar las protestas de los estómagos de los huéspedes en los intentos por digerir los platos principales.

En la isla de la cocina, y entre cajones de madera y encimeras de mármol, sufría por no poder sacar partido a la obra de arte que suponía aquel espacio de la casa.

Las paredes estaban a media altura estucadas y, a otra, hechas de ladrillo bruto. Los azulejos sólo revestían la zona de los fogones y el lavadero que, de porcelana, acariciaba las manos húmedas de la cocinera cada día.

El suelo sufría bien las inclemencias de la escasa destreza de Fuente sin aparentar mucha suciedad pues Vicente se había ocupado de buscar un material poco poroso y fácil de limpiar, a la espera de hacerle la vida más fácil a la esposa que nunca llegó. Pero, lo más bonito de la cocina eran las baldas de madera que decoraban a distintas alturas las paredes que, lejos de querer aparecer desnudas, esperaban ser vestidas del color de las especias y demás utensilios de cocina. La puerta que daba al patio trasero era de hierro forjado decorado con un bodegón poco convencional. En lugar de manzanas y uvas poseía un universo difuso lleno de estrellas camufladas bajo siluetas de fruta.

El patio, al que daba acceso la cocina, era poco más amplio que el espacio que ocupaban la mesa, las sillas y aquel impresionante pozo dedicado a la luz de la luna y que los huéspedes no terminaban de comprender.

La casa en sus tiempos se llenaba de vendedores ambulantes que la usaban para dormir y pasar algunos días en el pueblo. Muchos de ellos, encantados de estar en aquel hogar, se quedaban algún tiempo más hasta que sus bolsillos quedaban vacíos o sus mercancías escaseaban y se veían obligados a marchar.

La parte alta del hogar contaba con tres habitaciones que se diferenciaban unas de otras. La más amplia, en la que en un principio se iba a albergar el dormitorio, servía para alojar a aquellos huéspedes que necesitaban de mayor espacio como pasó con la orquesta. Las otras dos, abuhardilladas, eran las preferidas de aquellos de talante bohemio o soñador. Estos, asombrados, pasaban las noches en vela bajo los techos acristalados que permitían ver las  lágrimas de San Lorenzo, si la luna no estaba demasiado llena en las noches de verano.

 

5

Agüita llegó una tarde cualquiera rebosante de primavera. Aunque la mujer no contase ni con una moneda en su bolsillo, envolvía de riquezas a todo aquel que olía su perfume. Y apareció para quedarse pues como le dijo a Fuente:

  • Tu nombre indica que debo quedarme y, si tú me aceptas, trabajaré para ti a cambio de comida y alcoba.

Fuente no hizo más que recordarse a sí misma para asentir y dar paso a la que fuera, desde ese instante, su amiga, compañera y consejera. Aun con veinte años menos de mundo recorrido, Agua pasó a ser como el líquido que salía de su persona. Y en la casa empezaron los cambios porque aquella misma noche de marzo comenzó a cantar el grillo. Desde ese día, y cada noche, fuese cual fuese el clima, el insecto atormentaría dulcemente con su canto a cuantos allí durmiesen. Algunos llegarían a tomarlo como algo natural de la casa. Otros esperarían incluso la caída de la tarde para escucharlo, tras la fama que, de boca en boca, iría tomando el invertebrado entre los que iban pernoctando alguna vez por aquel lugar.

Y así, llevando la mujer de olor mágico en la casa tan sólo unas horas, de repente, Fuente se percató de un nuevo Jardín. Aquella mañana los huéspedes despertaron temprano con las ojeras asomando tímidas por encima de los pómulos y los párpados pesados sobre los ojos debido a la llegada del nuevo inquilino de exoesqueleto.

La puerta entreabierta de la cocina dejaba ver tras el pozo un precioso muro natural de enredadera. Lo más curioso era que la nueva zona de la casa pasaba por completo desapercibida para sus vistas cansadas pues el resto de los sentidos contaban con un estímulo aún más sorprendente: el olor del aire que casi con textura, en aquel amanecer, mimaba paladares y pituitarias, y ensordecía los torturados oídos por el canto del grillo, envolviéndolos en un placer infinito. Desde la cocina Agua esperaba la llegada de los estómagos hambrientos para satisfacer su apetito desde la nariz hasta la autoestima.

Fuente, atraída por el olor y agradecida al cielo por la llegada, al fin, de una verdadera cocinera a la casa, tuvo que ignorar el inicial reclamo culinario cuando llegó a la cocina, pues al pasar cerca de la puerta forjada pudo observar cómo destacaba en el orden cotidiano de la vista del patio algo totalmente inesperado. En un principio pensó que era una visión extraña fruto de su imaginación. Se pasó las arrugadas manos por la cara con suavidad para que las adormecidas pupilas se recompusiesen y le mandasen información más certera. No era posible que hubiera pasado por alto una cosa así durante tantos años. Volvió a mirar para comprobar que no se equivocaba y decidió pasar al patio. Empujó del todo la puerta para abrirla, salió fuera y se dirigió al pozo. Entonces se quedó ensimismada ante el descubrimiento pues, tras el mismo, se podía observar una verja entre enredaderas caprichosas que se entreveraban con las barras de un portalón. Fuente se frotó de nuevo los ojos ignorando la sinfonía de olores que provenían de la cocina. Quizá a los huéspedes les convenciera tal canto de sirena pero a ella le ardía en el pecho la curiosidad por saber qué se escondía tras aquella puerta. Jamás la había visto y no daba crédito a semejante despiste, ni falta de consideración, por parte de su tío que en los años convividos no le había nombrado la existencia de tal estancia exterior de la casa. Pasó sus manos temblorosas por entre las hojas frescas y tersas de la enredadera y pudo sentir el rocío jugueteando entre sus dedos. Entonces sintió que a media altura la reja poseía una cerradura.

Se dirigió a la cocina y, tras observar cómo los huéspedes saboreaban el delicioso desayuno, miró curiosa a Agua:

  • ¿Sabes? Estoy muy contenta porque veo que eres mi salvación en lo que respecta a la cocina. Pero siento no ser más efusiva pues hay algo que me atormenta en este momento.

 

  • Las llaves están junto a la espumadera y el cazo.

 

  • ¿Perdona? – dijo Fuente.

 

  • Te he visto tocando la puerta del jardín y he encontrado unas llaves grandes y largas como las que se usan para abrir verjas esta mañana mientras preparaba el desayuno. Creo que son las que buscas.

Atónita y reticente tomó las llaves entre sus manos y se dirigió afuera. No era momento de pedir más explicaciones sino de intentar abrir aquella puerta. Tirando suavemente de las ramas pegadas a la cerradura, Fuente hizo hueco para la llave que encajó con algo de dificultad mientras que su corazón latía fuerte bajo sus costillas. La puerta cedió con un pequeño empujón hacia dentro y asomó con timidez la cabeza. Ante sus ojos un jardín salvaje se presentaba de improviso en su vida. Los adoquines semienterrados del suelo se descubrían a sus pies, que fueron adentrándose para apreciar las verdaderas dimensiones del lugar. Como si el salón de la casa se cuadruplicase ante sus ojos, pudo calcular que el jardín era lo suficientemente amplio como para poder albergar un gran secreto.

  • Creo que son hojas de té. No; estoy segura. – Agua sorprendió a Fuente a sus espaldas.

 

  • ¿Cómo dices?

 

  • Que es un jardín de Té. Y a los arbustos os conozco de sobra. Necesita mucho trabajo, pero las tablas podrán estar listas para la recolección dentro de poco. También hay plantas aromáticas. Y aquellos son limoneros y naranjos, pero esos ya los conocerás.

 

  • ¿Dónde dices que estaban las llaves? –inquirió Fuente algo aturdida.

 

  • ¿Eso importa? ¿Por qué no tomas algo? Las magdalenas se están acabando.

 

6

20170212_123603

Cuando Regina nació, en el pueblo no se lo podían creer. Había sido un caso, de esos extraños, en los que un marido y su esposa se encuentran en la tesitura de dar explicaciones, pues tras veinte años de matrimonio sagrado, confesado y vuelto a consagrar, no se había presentado ningún regalo del cielo en forma de criatura.

Y, cuando las esperanzas habían desteñido en su verdor, Regina nació. Su verdadero nombre era el término, en latín, referente a la Virgen María y Madre del Señor. En la armoniosa naturaleza religiosa del seno familiar, la niña se crió, con la consabida educación apostólica y, rematada por la avanzada edad de sus padres, rozando lo rancio.

Así que Regina creció entre rosarios, ruegos y acompasados rezos. Estos, sinceramente acogedores y cálidos, comenzaban a resultar un tanto perturbadores al llegar a la edad de los quince años.

Por ese tiempo Jesús, el niño más pulcro de la comunidad era el monaguillo de la iglesia. Su piel rezumaba incienso y cariño hacia Regina. Y ella no hacía más que seguirle la corriente y hacer felices a sus padres, que ya divisaban una correcta vida para su hija. Los chicos paseaban de la mano inocentemente por las sendas del pueblo, mientras las tardes caían como velos de seda sobre sus vidas correctas.

Regina cantaba como los ángeles. Cuando entonaba, su voz se elevaba sutil sobre las embobadas caras de sus acompañantes, como si las notas acariciasen sus pabellones. Corcheas y calderones se paseaban por los pentagramas, encantados de salir de la boca de la niña. Hasta los silencios correctamente enlazados con las blancas y las fusas, se enorgullecían de ser, como tales, silencios de la melodía de Regina. Y cuando los domingos en misa la niña cantaba, la voz imbuía de paz cada rincón de la iglesia y del corazón de todos los presentes. Jesús aromatizaba el ambiente como buen monaguillo, completando la estampa que apaciguaba a los padres de los muchachos.

Hasta que llegó el cura. De ojos profundos y negros, como lo desconocido, y voz grave que llegaba al alma de los feligreses durante las misas. Cuando el cura vio por primera vez a Regina, los ojos se le tornaron más claros y después recuperaron su tono, como si hubieran visto una revelación. Y desde entonces, la perfecta historia cambió.

Al observar las idas y venidas con Jesús, el cura comenzó a sentirse mal.  Así que decidió instaurar ciertas ideas durante las confesiones con la muchacha, hasta tal punto que los paseos de la mano de los chicos pasaron a ser a horas diferentes y con distintos acompañantes.

Regina, así, no pudo evitar sucumbir al encanto de los ojos negros y para Jesús fue un alivio al encontrar en su soledad el verdadero sentido de su existencia dentro de la religión.

Por ello no fue ninguna sorpresa cuando Jesús sustituyó al cura, al abandonar éste de la noche al día la iglesia. Casualmente, Regina saldría del pueblo hacia una supuesta casa para trabajar. Tenía diecisiete años.

La realidad de la historia es que se fueron juntos y vivieron felices por algunos meses, hasta que al cura volvieron a aclarársele los ojos con otra muchacha y a la pobre niña se le oscureció el alma.

Incapaz de volver al pueblo, Regina encontró cobijo en su voz y poco a poco fue encontrando a otras almas encantadoras y desencantadas, con las que fundó su compañía de artistas.

Con el paso de los años la niña de melódica voz pasaría a ser una elegante cantante, de porte impresionante, que llenaría pequeños escenarios con su timbre inconfundible forjado en la iglesia y curtido en la calle.

En ocasiones, la mujer recordaba aquel hombre que en realidad había sido un pasaje hacia una vida muy diferente a la que le hubiese esperado en caso de quedarse en el pueblo.

Así llegaría a ser conocida, y querida por sus compañeros, con el nombre de Reina.

En su última gira, a los cincuenta y siete años, llegó a la Casa de la Fuente.

Al conocer a Agua, sintió en su timbre de voz la tranquilidad. El acompañamiento recíproco que surgió resultó ser perfecto. Y, con cada taza de té, a Reina se le iría, poco a poco, aclarando el alma.

 

7

Hijo de médico, fue médico como manda la costumbre hipocrática que no está escrita pero se intuye en cada casa de galenos. Pero Antonio, desde un principio, había sentido la necesidad de viajar por el mundo.

Su hermana Margarita siempre le decía:

  • Yo sé que no estarás mucho tiempo por aquí, querido hermano.

El amor que por ella sentía era tan fuerte como el que comenzó a sentir por el oficio heredado, pero su hermana llevaba razón. En el puerto los marineros se subían y bajaban al mundo en sus navíos y Antonio sentía la necesidad imperiosa de embarcar aunque fuese por una temporada. En realidad pensó que fue el destino quien le escuchó en su reclamo pero, más tarde, sabría que su querida Margarita le había conseguido tal oportunidad. El marido tenía negocios cerca del puerto y había sido quien, moviendo hilos, había dado la oportunidad de intervenir en los deseos del muchacho. Sanador inexperto en la práctica, recibió una carta para hablar con el patrón de un navío mercante. Para su tripulación buscaba un médico que estuviera dispuesto a embarcar durante largas temporadas, sin fecha exacta de regreso y con voluntad para aprender el oficio de la mar pues, a bordo,  todos, sin excepción, debían conocer los secretos de la navegación.

Antonio embarcaría con la única pena de no ver a su hermana que, en cinta, no le podría presentar a su hija hasta cumplido el primer año de vida.

De regreso a casa, doce meses después, el tío llevaría a su sobrina como regalo una cadena de oro labrado con la letra “Eme” de mar, que le acompañaría el resto de su vida al cuello. Así en cada viaje, la sobrina esperaba impaciente la llegada de su tío, que traía lo que ella más apreciaba en el mundo después de los brazos de su madre y la sonrisa de su padre: las historias de su tío, el médico de sirenas.

Aquella joven fue creciendo, junto con la riqueza de sus padres que supieron aprovechar los buenos tiempos para los negocios. Habían sabido ser justos con los suyos y agradecidos con la diosa Fortuna que les había sonreído. La herencia de los hermanos, entre la que se encontraba la mitad de Antonio, era intocable. Margarita siempre fue cauta de no hablar de ella a la niña para que creciera en un mundo normal, alejado de la altanería que corrompe el alma. Por eso, aun sin la necesidad de estudios por parte de la niña, Antonio insistía en el interés porque cultivase su ingenio y, al final, fue el Derecho lo que conquistó la curiosidad de la sobrina, a pesar de que todos en la familia creyesen que terminaría haciendo medicina.

Por su parte Antonio pasó toda su madurez como experto marinero y, un buen día, harto del mar, decidió que exploraría el mundo con sus pies. Comenzó a viajar ejerciendo la profesión de forma altruista, pues en los años de mar no había necesitado apenas de sus bienes y su herencia quedaba intacta, lista para proporcionarle estabilidad al bolsillo y libertad a su espíritu.

Así fue como Antonio llegó a casa de la Fuente cuando en el pueblo se dio un brote de sarampión, que requirió de refuerzos médicos por el bien de la salud de la zona en la que la hospedería se ubicaba.

Con más de la mitad de siglo en sus botas desgastadas, Antonio vio por vez primera a Fuenteclara cuando le abrió las puertas de su casa.

Durante el tiempo en el que fue útil en el lugar, el hombre disfrutó de una verdadera amistad tan intensa como el mar de noche en el que había hundido tantas jornadas sus pensamientos desde los buques. En esos días descubriría que, a pesar de su espíritu libre, aquella casa y aquella mujer le acompañarían el resto de su vida.

Y así fue que, cuando se marchó del pueblo hacia otro lugar, Antonio prometió a Fuente que volvería. Y lo haría en varias ocasiones en las que cada vez le costaría más marcharse, luchando entre su amor a la medicina y los impulsos que a ciertas personas embargan, a veces, de libertad e independencia.

El destino actuaría tarde o temprano porque, al cabo de los años, Antonio regresaría para quedarse, recordar su juventud  y sentirse como en su casa.

Por correo, se ponía en contacto de forma habitual con su ahijada, quien no tardaba en acudir en cuanto tenía un hueco allí donde él estuviese y llevarle los peculiares encargos del trotamundos. En esta ocasión, el encuentro sería para comunicarle su decisión de quedarse con Reina, Agua y Fuenteclara.

 

 

Pirata

 

 

 

 

 

Inma Villa Del Pino.

La casa de la Fuente. Parte Uno.

 

 

 

 

Anuncios

Los cuentos del médico de sirenas.

Los cuentos del médico de sirenas

 

El dosel de las coronas continuas”

hada dos

Orquídeas colgantes se mecían en torno a los árboles impetuosos en la mañana de la nueva era de Bertoletia. En su interior las hadas dormitaban exhaustas tras el trabajo de los últimos días. Adhara se refugiaba en el fondo de sus pensamientos para acomodarse en ellos y dejarse llevar por las imágenes que siempre le acompañaban en sus sueños. Grandes extensiones de agua salpicaban su fino rostro de blancura extrema y refrescaban su ser liviano sin llegar a molestarla.

A pesar del hábito a la humedad de los organismos que allí habitaban, el hada nunca sentía tal placer como en sus sueños. En aquella mañana voló tras el descanso hacia la copa contigua  del árbol que la acogía y entre la ramas resbalosas encontró a Alhena sacudiendo la alas transparentes como desperezándose.

-Venga ya dormilona, tenemos que seguir trabajando.

-Espero que no sea cierto. Mi cuerpo necesita un día de descanso tras estas jornadas de trajín.

El comienzo de la nueva Era significaba que las vainas del castaño del Brasil debían estar terminadas para su maduración. Una vez que caían del dosel, ya no sabían las hadas a dónde iban a parar. La teoría era que servían de alimento a los dioses del sustrato bajo el sotobosque. Pero la prohibición de bajar por las hemiepífitas, que se enraizaban en esos lares, les dejaba sin respuestas al misterio. Cada año, con el final del trabajo para culminar la maduración de aquellas grandes y duras vainas, las pequeñas hadas continuas se quedaban sin respuestas y exhaustas.

Alhena era un hada nacida de la luz de un castaño y Adhara era hija de una Adelfa gigante. Amigas, casi hermanas, distaban de parecerse en algo, excepto en el amor que se procesaban. Lo que sí compartían eran la palidez propia del lugar donde vivían, húmedo y con poca luz, ya que el dosel era el único lugar en el que se les permitía estar. Y allí eran felices ya que gran variedad de seres lo habitaban y todos los días eran diferentes para ellas. No se les exigía grandes esfuerzos excepto en los días previos al inicio de la Era en los que se entregaban en cuerpo y alas a las tareas encomendadas para, después, volver a su vida cómoda de experimentar y jugar entre la frondosidad y variedad de flora y fauna que las envolvían.

 

——————————————————————————————–

 

Aarón y Noah sin embargo eran hadas del dosel de coronas emergentes y como tales, refulgían en cada batida de alas. De tez morena, contrastaban con las hadas pálidas inferiores. Pero no lo sabían puesto que no se conocían. Las hadas continuas no salían del dosel y las emergentes, dedicadas a la ardua tarea de mantener las copas de los árboles separadas entre sí para que nunca se tocasen, no tenían ni idea de la existencia de seres similares en otros lugares. Su carácter trabajador y poco curioso facilitaba su vida en aquel sitio, sin plantearse siquiera la posibilidad de otra vida diferente a aquella.

En las tardes largas cuando el sol tardaba en esconderse, los amigos se posaban en lo más alto de alguna copa y esperaban a la luna jugando a los acertijos.

-Has hecho trampa, me has leído de nuevo el pensamiento.

-Tonterías Noah, lo que te pasa es que no puedes admitir que sea más listo que tú.

Y, al llegar la noche, abandonaban la superficie para arroparse sobre las hojas intermedias a descansar hasta el nuevo día.

 

——————————————————————————————–

 

De nuevo, el mismo sueño. Adhara volaba sobre el agua que se agitaba revoltosa bajo sus pies. Podía sentir el frescor rozándole las yemas de sus pequeños y frágiles dedos. Entonces aparecían en el horizonte un par de montañas que se le antojaban inalcanzables. El anhelo por conseguir llegar a ellas era tal que, cuanto más volaba, mayor parecía ser la distancia que se interponía. Y entonces, agotada, despertaba.

-He vuelto a tener ese sueño.

-¿Otra vez? -Alhena respondía bostezando.

-Sí. Cada vez es más real. Creo que quiere decirme algo.

-Yo sólo sé soñar con comida.

-¡Venga ya, Alhena!

-Lo siento, perdona. ¿Crees que puedo ayudarte?

-¿Sabes leer el pensamiento? Si fuese así a lo mejor verías más claro que yo lo que mi cuerpo me está intentando decir.

——————————————————————————————–

 

Noah sintió de repente una necesidad imperiosa de volar. En pleno amanecer saltó agitando la hoja sobre la que se posaba y descubrió que sus alas podían batirse a una velocidad espectacular si se concentraba con suficiente interés. Pero, en pleno vuelo, frenó en seco sintiendo el duro golpe del aire que acumulaba cual estela tras de sí y que le hizo voltear de forma violenta hacia delante girando sobre sí mismo hasta quedar mirando al cielo con el bosque bajo su espalda. Aarón desperezaba sus extremidades cuando escuchó el zumbido fuera y acudió para encontrarse con su amigo.

-¿Qué se te ha perdido tan temprano Noah?

-Esta mañana he sentido algo extraño. Necesitaba volar pero luego me he dado cuenta de que lo que quiero es descender.

-¿Estás loco? – se sobresaltó Aarón poniéndose en pie.

-Ya sé lo que piensas, y estoy de acuerdo contigo, es una idiotez. No se me ha perdido nada por allá abajo…

-Y eso sin contar con que está prohibido.

-Eso, eso también. No sé, es que estoy percibiendo algo. No te lo puedo describir con claridad, pero creo que alguien necesita mi ayuda.

-¿Oyes el pensamiento de alguien de allí abajo?

-Quizá, no sé siquiera si existe alguien o si es un animal pero creo que debo descender. Es en serio y necesito tu ayuda.

-Pero debemos pensar bien cómo. No debemos precipitarnos Noah. Yo soy más veloz que tú por las ramas y esas hemiepífitas no dejan de serlo.

-Estoy de acuerdo. Démosle algunas vueltas y a ver qué se nos ocurre.

——————————————————————————————–

 

En el lugar de las gotas del Rocío se estaba bien. Adhara miraba su rostro como si en su reflejo pudiera encontrar alguna explicación a sus pensamientos desordenados. Y los sentía tan fuerte rebotando en su cabeza que, en algún momento, pensó que estaba hablando en alto. Creyó incluso por un instante que conversaba con alguien. Sacudió su cuerpo con presteza como si bailara para intentar sacar de su interior la angustia que le provocaba todo aquello.

————————————————————————————–

 

La noche llegó y les sorprendió trazando el plan a los amigos. Aarón descendería y, a través de la lectura del pensamiento, Noah estaría conectado a él para poder ayudarlo en su misión. Encontrar a aquel ser que estaba en apuros no sería fácil. Pero una vez que estuviese cerca Noah lo sabría puesto que, gracias a su compañero, podría recibir con mayor claridad el mensaje que ahora le resultaba tan confuso.

El descenso no fue complicado. Al contrario de lo que habían pensado, no encontró ninguna vigilancia. Buscaba alguna señal entre sus pensamientos cuando un fuerte estímulo le recorrió el frágil cuerpecillo. Se giró sobre sí mismo y vio a lo lejos una suave luz. Aquel territorio húmedo le era totalmente desconocido. Se acercó con cautela en la oscura noche a aquel fulgor y encontró una silueta que se recortaba con dulzura entre las hojas. Su aparición no inquietó en absoluto al hada que, con una suave sonrisa, le cedió el paso. Adhara dormía sobre su lecho y la vieja alada se retiró satisfecha. El muchacho la rozó con suavidad y la pequeña, abriendo los ojos, musitó con ternura:

-¿Eres tú quien me va a guiar hacia las montañas?

-No, yo no. Ese será Noah.

Adhara se levantó y fue en busca de su amiga.

-Alhena, despierta.

El hada entreabrió los ojos y en el momento en el que vio a Aarón sintió algo tan profundo como la espesura del bosque. Por ello, aun arriesgando su integridad, desafió las absurdas prohibiciones de sus mayores y decidió acompañar a su amiga y a aquel ser maravilloso hacia tierras elevadas.

El amanecer estaba a punto de llegar. Entre suaves cantos de múltiples insectos, las tres hadas emergieron a la superficie y encontraron a un agotado Noah que suspiró satisfecho al ver a Adhara.

-Tú eres.

-Yo soy.

Más palabras no faltaron. Sus manos entrelazadas fueron el único requisito para que su aliento se calentase para adaptar su débil cuerpo a tales temperaturas en el amanecer. Los otros dos se miraron. Aarón abrazó dulcemente a Alhena para protegerla del calor y ésta cayó en un placentero sueño.

El agua no se hizo de rogar. Adhara lloró de alegría al divisar aquella extensión cristalina con la que tanto había soñado. Volaron y volaron junto con sus pensamientos entrelazados en un precioso baile de dos. Entre suspiros el hada continua, de pronto, comprendió: La vida entre diferentes mundos era posible. Esos seres maravillosos habían desafiado las leyes al bajar a su encuentro y ellas al subir hacia el sol y, allí, sobre el agua que tantas veces se le había antojado imposible, comprendió su sueño.

 

Dos montañas, dos mundos, dos almas. Y el amor.”

 

 

“El ruego del pirata”

Pirata

 

En los tiempos de los bucaneros en el Caribe español, vivía Esteban, el Bárbaro. Pirata malo donde los hubiese, desayunaba todos los días los gritos de sus víctimas empapados con ron. Se acostaba antes de que el sol saliera para navegar de noche y abordar los barcos mientras las almas inocentes dormitaban.

Esteban el Bárbaro era lo peor de lo peor y, sí, se sentía orgulloso de ello. Tiraba a las mujeres por la borda y las veía nadar desesperadas hacia la orilla de las costas. Y allí, con descaro, atacaba para reírse de los pobres capitanes de navíos que, atónitos, intentaban darle caza bajo angustiadas miradas. Tenía tan mala fama que un día sólo de olerlo desde la proa de su navío, uno de los oficiales de una fragata, se desvaneció y nunca más lo volvieron a encontrar.

Hasta una noche de luna menguante, favoritas por su poca luz para el corsario, en la que descubrió la isla de la sal. Se bajó del barco y se dirigió hasta el centro de la misma, en la que encontró un montículo reluciente. A él los tesoros le daban igual, pues no disfrutaba con las riquezas, sino con el mal ajeno. Pero aquel brillo pudo incluso con su desidia hacia el oro y los brillantes.

 Intentó atrapar entre sus abruptos dedos el tesoro, pero se le escurrió de entre las manos. Entonces un mal semblante se apoderó de él. Hasta el punto de tener que salir huyendo de la isla, como si a Satanás en persona lo echasen del infierno.

 Una vez en su camarote, Esteban vio cómo la isla se menguaba y desaparecía de sus vidriosos y casi secos ojos. Sin saber cómo, se encontró en medio de la mar cuando el sol daba paso a un nuevo día.

Y desde entonces todo cambió. El pirata navegaba sin rumbo, y los navegantes celebraban su muerte en vida, ya que las noches en la mar comenzaron a ser tranquilas, y lo dieron por finado.

Y la realidad es que Esteban, obsesionado con el brillo de aquel montículo, no dejaba de buscar la isla, atardecer tras atardecer.

Veintiocho días pasaron hasta que el pirata diera de nuevo con el remanso de tierra. Como venido de otro mundo, sus ojos recuperaron humedad y arrastrándose sin tropezar por tierra llegó hasta su ansiado destino.

 Cuando llegó al centro de la isla, comprobó atormentado que el tesoro había desaparecido, y en su mirada por vez primera se reflejó el dolor.

Entonces recordó por qué ese brillo le alucinaba. Rememoró su niñez en la que en las minas de plata, su madre le había criado. En su interior, ávido de ternura, su corazón le había traicionado aliado con su memoria más recóndita, y había despertado los recuerdos enterrados bajo tantos barcos hundidos. El Pirata cambió el semblante y de repente, cuarenta años se le cayeron encima. Viejo y débil, Esteban se arrodilló y, cabizbajo, efectuó su ruego:

–  Aquí el pirata Esteban, malo donde los haya. Por el poder de la piratería y bajo el juramento del mar, estoy en mi facultad y derecho de realizar mi Ruego Vital.

Respiró y con voz profunda continuó:

Pido a la Diosa Argenta, que en  mi última voluntad pueda volver a ver el polvo de plata que se me presentó en este mismo lugar hace veintiocho soles.

Y entonces la luna volvió a menguar y el resto de ella cayó del cielo, para alojarse en la isla.

El pirata tomó entre sus viejos dedos el polvo, y sintiéndose niño otra vez, cayó en el suelo en un profundo sueño eterno.

Desde entonces, cada luna menguante, la isla espera junto al pirata para ser bañada de polvo de plata.

 

“Los cristales del  Mauro”

PicsArt_1486325989408-1 (1)

“El resto de escama yacía sobre la roca en la que el Mauro había mudado la piel. El color azul del cristal esperaba como cada noche. Y como cada noche se lo tragó y esperó. El suelo entonces se transformó y un pequeño agujero se abrió. El Mauro salió a la superficie  e iluminó el exterior. Todo se volvió azul, y los animales bailaron contentos y sosegados. En el amanecer la luz se apagó y  volvió a su hogar.

Así ocurría cada día, todos los días igual.

Pero un día se encontró con el cristal más raro que nunca había visto. Incrustado en la roca, pudo distinguir de lejos su particularidad. Brillaba con normalidad pero desprendía cierta energía familiar. Aún así su tono grisáceo hacía que desconfiara de él. Mejor no se lo comería y las escamas, ese día, no iluminarían al resto. Se recostó y se mantuvo a la espera, para no tentar la suerte.

 Al día siguiente volvió a encontrar el cristal oscuro, y comenzó a sentirse incómodo. Esperaría una vez más.

Pasó así el tiempo y se acostumbró al brillo del gris, sin tragarlo. Entonces ocurrió que una estrella fue en su búsqueda arrastrando su tembloroso cuerpo:

-En la zona estamos preocupados. Nos gustaría saber por qué ya no nos iluminas -le dijo el asteroideo.

Sorprendido por la inusual visita, no supo qué decir. Tan sólo no se fiaba de aquel color. Intuía que modificar sus actos le entrañaría cambios y le daba miedo.

-Si no nos das luz, todos moriremos. Debes pensar en ello -le susurró preocupado el animal.

Así las cosas la estrella se fue para dar la explicación de la falta de luz en el lugar. Pero la visita causó un efecto bastante interesante en el Mauro que, al oír sus propios temores, se encontró con sus más íntimos deseos de cambio. En el fondo, su tediosa existencia había estado mellando su espíritu desde hacía tiempo, pero su subconsciente se había encargado de impulsarle a mantener la segura rutina.

 Entonces soñó intensamente con el cristal. En plena noche despertó sobresaltado. Miró a su alrededor. La cueva estaba en calma. Se desplazó lentamente hacia el lugar del cristal gris y lo miró atentamente. Se armó de valor, fue a por el cristal y se lo tragó.

Al principio no ocurrió nada. Todo seguía en su sitio y su cuerpo no experimentaba ningún cambio. De repente, comenzó a sentirse inseguro. Lo interesante era que la inseguridad provenía del hecho de que no ocurriese nada y de las ganas que en realidad tenía, de que pasase algo. Entonces el agujero de la cueva se abrió. El fondo del mar se iluminó  con la luz gris. Todos los animales, estupefactos, comenzaron a desprender el mismo brillo que el Mauro.

Como un globo que se hincha, comenzó a sentirse cada vez más pesado y a la vez más ligero, hasta el punto de comenzar a flotar. Su cuerpo, poco a poco, se fue transformando. Sus escamas se convirtieron en células continuas y suaves con las que se fueron formando manos y rodillas, hombros y dedos.

 De golpe, una angustia repentina le invadió. Su nuevo sistema de oxigenación no era capaz de funcionar bajo el agua y por eso se impulsó con urgencia, buscando la superficie. Él, que jamás había ascendido lo más mínimo del fondo, observó la flora que flotaba a merced de la superficie del agua y se sintió identificado.

-Hola, nos alegramos de volver a verte -le dijeron los microorganismos.

Él no entendió el mensaje, aunque como acariciado por el mismo, se reconfortó.

El frescor de la noche acarició su cara que por fin topó con la brisa marina. El descenso de humedad fue tan impresionante que la misma respiración le fue dificultosa, a pesar de la urgencia por tomar oxígeno desde las nuevas vías respiratorias. El frío invadió su cuerpo.

El hombre acudió a la orilla cercana y miró a su alrededor. No lejos de ésta, un gran faro presidía la costa. Asustado y excitado, tocó tierra con sus nuevos pies. Era verdad. El nuevo ser estaba contento. Su anterior  existencia se había terminado. Pero ahora también estaba solo. Solo y asustado.

Un gran miedo se apoderó de golpe de él. No sabía en absoluto lo que estaba haciendo allí. Se dirigió al faro y entonces la vio. Recostada sobre la puerta del faro, una mujer le observaba atónita.

-He visto la luz gris y he sabido que volvías. No lo puedo creer. Has regresado.

Y con lágrimas en los ojos le besó.

Dentro del faro, Mauricio comprendió. Recordando progresivamente, pudo acordarse de cuando, en sus tiempos de farero, una gran tormenta les había sorprendido. El rayo que rompió el barco en el que iba con su esposa iluminó de un intenso gris la noche. Tras caer por la borda del navío, había nadado hasta la costa para arrastrar el cuerpo inconsciente de la mujer. Le salvó la vida; pero él, exhausto, se ahogaría a pocos metros del faro.

Nunca recordaría el momento en el que los habitantes de la superficie del mar le habían acogido, conmovidos por su valentía y muestra de amor hacia la mujer. Reuniendo su magia habían llamado a Pelagos. Éste, después de escuchar los ruegos, había transformado el cuerpo sin vida del hombre, en un Mauro, ser hechizado del fondo del mar que come cristales azules para iluminar el fondo por la noche. Aquel que para romper el hechizo sólo puede enfrentarse a sus propios miedos. El caso es que este mauro, acostumbrado en su anterior vida a iluminar el mar, había desarrollado una sorprendente  capacidad de adaptación a su nuevo cometido y había pasado tanto tiempo realizando su tarea que nunca se había percatado de la posibilidad de otra vida mejor.

La luz gris del rayo que le había arrebatado la vida era lo único que le unía a su existencia anterior y eso era lo que había permanecido como recuerdo y posible conexión entre ambos mundos. Ahora, por la valentía de probar que, a pesar del miedo, es posible arriesgarse a cambiar, se reencontraba con su amante bajo la luz del faro.

El hombre miró al cielo y después al mar. Agradecido, prometió que iluminaría las noches del mar hasta su muerte, sin olvidar que durante cada tormenta, en el faro pondría un filtro de color azul para sus compañeros pelágicos.”

 

“El sabio sin nombre”

Lorenzo

Érase una vez un señor muy sabio que vivía en un precioso jardín oriental. Tenía el jardín un estanque con peces grises que, a veces, se tornaban dorados. Y tenía el jardín, también, rocas como montañas diminutas y árboles con gusto exquisito podados.

 Pero el hombre sabio era desdichado porque no tenía nombre.

Un día salió de su jardín, atravesó su hogar y se dirigió a la costa. Construyó con sus manos una balsa y navegó  entre las mágicas montañas. Y allí buscó, entre las aguas, su nombre. Pero cansado de no encontrar nada, atracó su pequeño navío en una de las playitas. Se sentó en la orilla y dejó que el sol cayera por el horizonte. Cruzó las piernas y suspiró mientras el astro pintaba las crestas de las ondas en el agua.

Entonces cayó la noche y escuchó un canto que le atrajo tanto como el olor de sus flores y, al amanecer, pudo divisar al maravilloso ser del que provenían. Una espléndida sirena azul le miró a los ojos y el sabio le preguntó qué le ocurría, pues su rostro era triste. Entonces la sirena le respondió que estaba herida y sus aletas no se podían mover. El sabio le dijo que él la sanaría pero que a cambio quería que le ayudara a encontrar su nombre.

La sirena asintió y dejó sus aletas en manos del hombre. Aquél tomó entre sus manos la cola y estudió con esmero cada escama. Entonces encontró una pequeña herida que, profunda, mermaba el movimiento de la sirena por el exquisito dolor que le producía su roce. Con cariño la curó usando sus conocimientos y le devolvió sanas sus escamas.

El ser marino le dio las gracias y le contestó que su nombre lo tenía a sus espaldas mientras saltaba para regresar al mar salpicándole con ternura.

 El sol naciente aparecía majestuoso por el Este y entonces el sabio saltó de alegría al reconocer en él, su nombre.”

 

 

 

 

—————————————————————————————————————————————–

 

A mi Maite, que un día se hizo transparente.

 

 

Texto e ilustraciones de Inma Villa Del Pino.

La casa de la Fuente.

A todos los que creen que el ser humano es lo más humano que se puede ser.

 

 

 

 

 

La casa de la Fuente. Parte Tres. La llegada.

 PARTE TRES

 

La llegada

 

Cuando uno comienza a respirar, lo natural es sentirse vivo. Pero, cuando no te lo explican, al principio es todo algo confuso.

Las sombras se intuyen serenas a mi alrededor. Los sonidos colman mis ansias de recepciones. Pero es, en definitiva, y contundentemente cierto, que son el olfato y el gusto los mejores anfitriones de la vida que se estrena.

En mi caso son los olores del vapor de carbón y el gusto a miel los que me invitan a quedarme en esta función.

Las manos que me acogen son cálidas y tiernas. Único remanso de paz en la turbulenta noche en la que me he despertado. Es todo tan nuevo que hasta mi propio cuerpo me resulta desconocido. Mi respiración es mía y lo demás está por descubrir. Los sonidos me resultan tranquilizadores a veces, otras amenazantes y mi único modo de comunicación es el  llanto que se me antoja de fácil uso.


El estado líquido era muy confortable pero este nuevo me resulta más interesante. Los desafíos me acometen continuamente hasta casi sin dejarme respirar. Por eso duermo. Para despistarlos.

 

 

 

miel y carbón

1

El dolor filiforme del costado se confunde con el canto de los pájaros de la ventana en lo más profundo del inconsciente. Cuando tu mente te encierra en sus entrañas estás perdida y ni la más aguda de las algias consigue despertarte.

Yacía en una moderna, impoluta y soberbia sala de hospital público ante la mirada de tres médicos que mantenían una perfecta y ordenada conversación en su jerga hipocrática. Ginecólogo, internista y neurólogo coincidían en su diagnóstico:

-Desde el punto de vista ginecológico se encuentra estable. Es un milagro. Han tardado muy poco en estabilizarla en urgencias.

-Las constantes están controladas y no presenta riesgos de sobreinfección u otras complicaciones relevantes desde mis competencias. Tan sólo queda prevenir las complicaciones del encamamiento. Pero no os preocupéis, ya he avisado a la persona ideal para esto.

-Está en coma pero dadas las circunstancias del accidente y teniendo en cuenta su estado generalizado tengo esperanzas de que se recupere pronto. Las pruebas no muestran daños centrales pero es muy probable que cuando despierte entre en estado de confusión, propio de estos casos.

-¿Estamos hablando de que desarrollará amnesia postraumática? – preguntó la enfermera.

-Es muy probable pero es joven y como ya he dicho la caída no le produjo daños. Ahora lo más importante es evitar la atrofia por desuso – sentenció el neurólogo.

En medio de la escena irrumpió en la habitación un hombre de aspecto juvenil dando los buenos días. Su uniforme le delataba como profesional del centro. Parecía enfermero pero sus movimientos se intuían más ágiles y livianos de los acostumbrados a ver por allí. Como un ente de la casa pero de caracteres especiales. El internista le sonrió satisfecho.

-¿Qué tal estás, Sergio? – le saludó el neurólogo estrechándole la mano. -Me alegro de verte. ¿Leíste el artículo?

-Sí, muy útil, gracias. Te pasé uno similar esta misma mañana.

-Le echaré un vistazo. Hoy estoy de guardia. Hasta luego.

El neurólogo se despidió y se unió al resto del equipo. El internista hizo lo mismo con un cordial gesto. El ginecólogo al marcharse preguntó a sus compañeros de quién se trataba.

-¿No le conoces? Es Sergio, el fisioterapeuta. Él es la persona de la que os he hablado antes – contestó el internista.

 

2

El sonido que señalaba que había llegado a su destino sacó a Marta de su profundo sueño.

Acudió a la salida y comenzó a buscar la carta de su tío. Este tren la llevaba directa pero para terminar de comprar los encargos de Antonio, debía bajar aquí y volver a tomar la línea una vez completada la tarea. Recorrió toda la bolsa de mano, recordaba haberla guardado allí. Pero ahora no estaba. Un sentimiento negativo le recorrió de golpe. No había llevado ningún papel.

El andén se quedó prácticamente vacío mientras ella llenaba su cabeza de hilos de Ariadna. Entre tanto preparativo no podía creer que hubiese dejado lo más importante en el camino. Entonces se concentró e invirtió sus recuerdos hasta llegar a la imagen anhelada.

-¡Oh, sí! ¡El bolso gris! -exclamó aliviada.

Recordó, por fin, que todo estaba en el bolso que solía ponerse con el vestido negro que llevaba aquel día. Por fortuna formaba parte de su equipaje y, por ello, debía encontrarse entre los complementos de la bolsa de manos.

Y allí estaban. Con un suspiro de alivio Marta abrió el bolso y sacó  el móvil junto con los papeles. Pero entonces recordó que faltaban varios. La lista permanecía intacta pero la carta estaba incompleta y el sobre al final no había aparecido en el maremágnum de su escritorio.

-Debo haberme dejado también el sentido del orden por ahí, junto a mi don para quemar las tostadas. ¡Si es que soy un desastre!- exclamó con gesto hastiado.

Una señora que pasaba arrastrando un carro de limpieza sonrió entre apiadada y divertida al escuchar su pensamiento en voz alta.

Marta levantó la mirada y vio una cafetería. Le faltaba azúcar en el cuerpo y tenía tiempo de sobra para desayunar. Al fin y al cabo nadie la esperaba.

De repente algo vibró en su espalda. Buscó su teléfono móvil y pulsó la tecla para responder a un número desconocido. Mira que había dejado dicho que no la molestaran en vacaciones.

-¿Marta?- escuchó tras un silbido similar a los antiguos faxes.

-Sí, ¿quién es?

-Hija mía perdona que te llame a estas horas.

-Tío, ¿estás bien?

-Sí cariño, estoy perfectamente. Perdona que te moleste, estarás trabajando. No debes preocuparte pero tengo que pedirte un favor.

-Tío estoy en la estación a punto de coger el tren. Voy hacia tu casa.

-¡Bendito sea el Universo!

-Además sabes que siempre cuentas conmigo.

-Hija mía te espero con ganas infinitas. Ten cuidado, sé que te pedí que disfrutases del camino pero ahora te digo que no tardes. Cuando bajes de ese tren acude directo a la casa.

-Tío de verdad me estás preocupando.

-Que no hija mía, estoy más vivo que nunca.

-Pero, ¡espera, no cuelgues! -exclamó -aún no me ha dado tiempo a comprar las cosas, lo siento.

-¿Traes el rooibos?

-Es lo único…

-¡Perfecto! Y recuerda que al final de la lista tienes la dirección de la casa.

Aliviada colgó ahorrándose dar las gracias por la última información. Consciente de sus pequeños defectos, Antonio había escrito en la lista también la dirección de la casa. Qué bien la conocía. Tomó la maleta y esperó ansiosa en el andén para tomar el tren. Sacó una manzana y la botella de agua. Nada de tostadas.

Divisando el camino que se le presentaba ante la vista se preguntó en qué andaría metido ahora su tío.

 

3

-Buenos días, aquí extensión tres siete cinco, ¿en qué puedo ayudarte?

-Lola, ¿eres tú?

-¡Hola Armando, buenos días!

-Lola dime si tengo algo pendiente, estoy llegando a la central pero mi última clienta se ha dejado una mochila.

-Espera que te miro… no, no tienes nada. ¿Qué te queda de jornada?

-Media hora.

-¿Quieres que te cubra, querido?

-¿Me harías un favor mejor?

-Dime, soy toda oídos.

-Averíguame el número del que me llamó la clienta y llama a la casa. Di que tienen en la central una mochila con las pertenencias.

-Eso está hecho. Pero, ¿sabes que la empresa no se hace responsable de los objetos perdidos, no?

-Sí, Lola, lo sé pero es que sólo llevaba encima esto y creo que iba preñada. Me da no sé qué.

-Como quieras Armando, en cuanto sepa algo te llamo y ya sabes, tienes media hora libre para tomarte algo.

-Gracias, compañera. Cambio y corto.

 

4

Entre el camino correcto y el incorrecto hay diversidad de senderos. Algunos no tienen salida y otros son una trampa. La puerta de su laberinto parece lejana. Se siente tan cansada que no tiene fuerzas ni para elevar los párpados. Escucha el zumbido de una mosca lo que significa que sigue en el mundo, que no está muerta. En sus pensamientos sólo encuentra un dolor de vacío incrustado. Está tan cansada que no puede respirar. No puede.

De repente, el silencio. Ya no oye la mosca. El silencio y todo oscuro. Nada, no hay nada. El dolor ya no está. Una profunda sensación de alivio la inunda y a la vez la desconecta del mundo…se acerca peligrosamente a un estado de total equilibrio.

Es una niña pequeña de nuevo. Recorriendo el colegio y en su interior reviviendo de nuevo su vida. Los atardeceres en la granja. Las mañanas en la playa con su prima y el gato negro que parecía estar siempre allí. Las casas de palillos que hacían en clase. Los ojales que cosían con esmero las abuelas de la casa de al lado.

Los pensamientos se agolpan en orden entrando por un lugar de la mente y saliendo por el otro mientras en su infinito sueño los contempla como si visionase la película de su vida. Y, en la espera de algún resultado a este estado inconsciente e involuntario, no se percata del tiempo transcurrido. Sólo puede esperar y darse al destino que le tiene encerrada en la libertad de sus pensamientos.

Algo pasa en algún instante. Puede ver luces que recorren, por encima, largos pasillos. Una conversación ordenada y pautada, como un diálogo de una obra de teatro que oye pero no puede ver. De nuevo las luces y un ascensor. Los pensamientos continúan desfilando en el escenario. Los desayunos de clase. Las pinturas de las uñas. El olor a esmalte.

Alguien le habla en lo más profundo. Es una voz agradable. Le causa alivio. Continúa en sus pensamientos. Cuando no está le echa de menos. La voz. Esa voz es buena. Una nueva sensación le invade. De forma progresiva comienza a sentir calor. Su piel comienza a conectarse con su mente. Los receptores táctiles conectan con niveles centrales y comienza  a generarse una nueva conexión. Como si se recuperase una amistad muy antigua. La química vuelve a tener sentido. Los sentimientos siguen agolpados y murmuran en su inconsciente. Pero va cambiando algo ahora que comienza a sentir cómo su cuerpo tiene de nuevo sensaciones. Está nadando. En la playa de nuevo. Por fin su cuerpo se mueve y ella, desde dentro, siente el movimiento.

 

Se pierde de nuevo. Una sacudida le impacta en el alma. Un coche, velocidad. Aparece Él. El miedo le invade. Se siente mal. El miedo se la quiere comer. Sus pensamientos luchan por salir de ahí.

 

5

Desde la ventana del tren la estación parecía del siglo pasado. Como si el tiempo se hubiese detenido y todo se hubiera quedado tal cual. En realidad, Marta nunca antes había estado allí pero era como se la imaginaba. Tal vez el hecho de ir a visitar a gente de edad avanzada hacía que en su mente se perfilasen escenarios antiguos como los que imaginaba cuando su tío le contaba los cuentos.

Pero, cuando se apeó del vagón, hubo algo que llamó su atención: además de un par de señoras que se subían y algunos muchachos que se bajaban, una grúa se llevaba un coche hecho pedazos. No había ni rastro de policía ni de ambulancia, así que pensó en un desafortunado accidente nocturno del que sólo quedaba el vehículo.

Caminó hacia la salida y sacó la lista con la dirección escrita al final. Hasta tenía un croquis con la senda dibujada. Subió una pequeña colina de unos cincuenta metros y divisó el pueblo a su izquierda. Un manzano cerca de una valla color miel le indicaba la dirección. Continuó por la derecha dejando al otro lado el árbol y anduvo un trecho más. A lo lejos la vio. Al principio era pequeñita como es las estampas de las postales. Al cabo de unos minutos se acercó lo suficiente como para apreciar los detalles. Una preciosa casa de ladrillo visto se alzaba encima del montículo. El sol de casi medio día coloreaba los dos tejados e iluminaba, como si fuesen de oro, unas preciosas cornisas de piedra.

Al llegar a la puerta llamó a la campanilla que sonó con un espléndido tintineo.

-¡Por fin llegaste! -exclamó su tío sin darle tiempo a responderle mientras la abrazaba efusivamente – ¿Has traído el rooibos?

-Hola tío, veo que estás perfectamente. Sí, lo traigo.

-Pasa, pasa de inmediato. Me alegro de verte cariño.

Marta sintió algo muy raro al entrar. Un enorme deseo de sonreír le invadió, de repente, el espíritu. Se sentía rejuvenecida y miraba a su alrededor como si estuviese dentro de un sueño.

-Mi niña, te dije que vinieras cuando quisieras y el destino ha querido que sea cuando más te necesito. Esta mañana antes que tú hemos tenido también una visita. Necesitamos tu ayuda. Te voy a presentar a mis compañeras y al huésped.

Marta pasó al salón y se encontró ante tres mujeres de la edad de su tío. Una un tanto más vieja y las otras dos algo más jóvenes. Pero en su rostro se dibujó la sorpresa al ver al bebé.

-Hola… – fue la única palabra que pudo articular.

Fuente se levantó con parsimonia y se dirigió hacia ella. Le acarició tímidamente las manos y la besó en la frente.

-No sabes las ganas que tenía de conocerte. Soy Fuente. Sé que esto no es lo que esperabas – le dijo mientras sus ojos se paseaban entre los del bebé y los de Marta -, nosotros tampoco.

El niño dormía en una improvisada cuna hecha con un cesto de recolección y una sábana blanca.

-Eso es un bebé – sentenció Marta.

Entonces Agua se levantó y a Marta se le acentuó la sonrisa en sus comisuras.

-Hola querida. Me llamo Agua y Reina es la que te queda por conocer.

-Buenos días preciosa -le contestó ésta con su particular timbre.

-Y ahora pasa, porque te vamos a contar lo que nos ha pasado y veremos cómo puedes ayudarnos – le dijo su tío.

 

6

-Aquí número veintidós.

-¿Armando?

-Dime, Lola.

-Mira, he localizado el número. Es de una cabina.

-Me lo temía.

-No te compliques ya es hora de que te vayas a casa y te acuestes, rey. Aunque, si quieres te puedo localizar el teléfono de la dirección del carnet.

-Gracias Lola. No será necesario. Si la mujer no está para qué llamar a la casa.

-Como quieras. Anda, descansa.

-Vale, eres un sol. Cambio y corto.

Sentía los brazos cansados. Dejó la mochila sobre el asiento del copiloto. El semáforo se le iba a poner en rojo. Mierda, quería llegar a casa y dormir para poder llevar a su hija al parque de bolas sin quedarse dormido. Hoy cumplía cinco años.

Mirando de soslayo la acera mientras esperaba la luz verde vio un letrero en el retrovisor. ¿De qué le sonaba aquello? Metió primera cuando se acordó. Era la  dirección del  destinatario del sobre. ¿Ahora qué?

-No me lo puedo creer – dijo en voz alta.

Giró en la rotonda cambiando de sentido y aparcó. Se bajó con la mochila. Ni siquiera le había dado tiempo a desayunar. Entró en la oficina.

 

Parecía un despacho de abogados.

 

7

-La fisioterapia es una ciencia, pero también un arte que ha de realizarse con amor. Si no transmites con esta pretensión, si las manos no trabajan a las órdenes de un cerebro que razona, entonces sólo estamos tocando un cuerpo. Esto debemos aprender cada día, querida. La verdadera curación empieza por hacer sentir al paciente que en su interior tiene todo lo necesario para recuperarse.

Sergio hablaba con voz tenue a la mujer que ocupaba la cama y miraba dentro de su alma a través de sus manos mientras realizaba la sesión de fisioterapia, esperando obtener de ella alguna respuesta.

Tomó entre sus manos los pies de la mujer y realizó tracciones suaves, en los dedos, rozamientos superficiales para estimular la piel y progresivos ejercicios de cinesiterapia, de momento pasiva. Luego repitió este proceso en rodillas y continuó con suaves movimientos en caderas y en manos, codos y cinturas escapulares. Los ejercicios globales los dejó para el final. Con mucho cuidado, continuó hablándole y contándole las noticias del día.

-No te voy a aburrir hoy con política. Me tiene hastiado a estas alturas de la historia del hombre ver cómo los ciclos se repiten y se repiten. Te pondré al día mejor con una receta fabulosa que me han contado y que va a hacer las delicias de tus invitados cuando salgas de aquí y celebres una fiesta, querida.

Reflexionando sobre el caso, Sergio recordó algo en el artículo referido por su compañero y decidió ir a consultarlo en la base de datos del hospital.

-Por hoy hemos terminado; seguiremos trabajando los dos. A ver si conseguimos remover algo dentro, y empiezas a salir de donde quiera que estés, alma bonita. Nos vemos mañana, con las manos.

Cuando comenzaba a salir de la habitación, el muchacho comenzó a escuchar un susurro. Dándose cuenta de lo que ocurría, sacudió la cabeza, corrió hacia la mujer y llamó a su compañera.

-¡Alicia, sal del estánd y corre! ¡Nuestra paciente ha despertado!

 

8

 

En la casa de la Fuente Marta escuchó la historia incrédula ante la mirada de sus cuatro anfitriones. Mientras tanto, Agua había preparado la ansiada infusión que olía a las mil maravillas. Se la empezó a dar al niño con una pequeña cucharita mientras comenzó a hablar a Marta.

-Menos mal que tu tío es médico. Él lo aseó y comprobó que se encontraba bien.

-Pero debemos encontrar a la madre, Marta – dijo Antonio. Nosotros no tenemos los medios. Tú sí.

-Claro que puedo ayudar. Voy a avisar a la oficina y empezaremos a llamar a los hospitales. En algún lado estará la mujer.

Marta se acordó del coche de la estación. Un sentimiento desagradable le recorrió el cuerpo cuando un extraño sonido se le coló en los oídos apartando los malos pensamientos.

-¿Eso que oigo es un grillo? – preguntó extrañada.

Una humeante taza de té sólo apareció ante su vista. Reina se la entregaba haciéndole un guiño a Agua, que asentía dándole las gracias a su amiga.

-Sí querida, hoy está cantando también de día- le contestó Agua terminando de dar la infusión al pequeño.

Miró a su tío que permanecía de pie en la puerta del salón.

-Me has dicho que es recién nacido, ¿no?

-Sí pero, en esta casa, las apariencias engañan hija -respondió Antonio.

Marta no entendía mucho de niños pero juraría que aquel bebé contaba con varios meses de edad. Su lozano aspecto y sus gestos parecían aportar tranquilidad a aquella situación tan extraña. Debía ponerse manos a la obra. Tomó el teléfono y marcó el número de su trabajo.

-Buenos días, soy Marta. Debo pedirte un favor.

-Pero nena es que no desconectas ni en vacaciones. Mira un taxista acaba de dejarme aquí una mochila para ti. Y no te he llamado para no molestarte tal y como dijiste- le contestó su compañero.

-¿Una mochila? – preguntó confusa.

-Sí, bueno, el tipo me ha dado una tarjeta con su teléfono por si querías algo. Por lo visto la mochila es de una clienta a la que dejó esta mañana cerca de una estación de un pueblo por ahí perdido pero, dentro, llevaba un sobre rasgado como de un paquete y venía a tu nombre.

Con el primer sorbo del té todo se le aclaró de repente. Se levantó y fue hacia el niño. Lo tomó entre sus brazos y sintiendo todos los vellos del cuerpo de punta la identificó. Como una lágrima en la sien derecha, se encontraba sobre la delicada piel del bebé la mancha de nacimiento.

-…Marta, ¿sigues ahí?

-Sí. ¿Hay una cartera en la mochila?

-En efecto.

-Mira si hay un documento de identidad – dijo Marta expectante.

-Sí, aquí está – contestaron desde la oficina.

-Llama a la policía. Localiza a la mujer en un hospital. Espero tu llamada. Es urgente.

-Lo que digas jefa. Te llamo enseguida.

Un sentimiento indescriptible la invadió. Como si se le hubiese revelado un gran secreto. Volvió a mirar al niño que ya era capaz de sostener su cabecita y parecía sostener la mirada.

-Tío, te va a sonar raro pero este niño está aquí por una razón. Su madre es clienta mía y de alguna forma se llevó el sobre con la dirección de esta casa de mi despacho.

-Hija mía, a estas alturas de mi vida hay pocas cosas que me sorprendan ya.

-Debo marcharme y encontrar a la madre.

-¿Y el niño?- dijo Reina.

-Debe quedarse aquí que es donde lo dejó. Tal vez vuelva a por él. Además parece bastante contento aquí.

Agua sonrió divertida. Fuente la miró de reojo y le hizo un gesto para que contuviese un comentario a punto de escapar de sus labios.

-Voy a llamar a la policía de mi distrito. La mujer vivía cerca de la oficina. No os preocupéis, sé lo que tengo que hacer. Lo hago con frecuencia. Si me llevo al niño podríamos meternos en un problema.

-Lo que digas Marta. Mantennos informados  – contestó Antonio.

-En cuanto sepa algo os aviso – dijo con seguridad y dispuesta a resolver aquello cuanto antes.

Por el zaguán se despidió pensando en lo especial de todo aquello. Al salir de la casa creyó ver que el niño le agitaba tiernamente la manita.

 

9

Una sala pulcra, Dolor de garganta. Mi cuerpo es mío pero no sé quién soy. Sólo tengo dos ideas en la cabeza. Que estoy viva y que soy una mujer. Algo en mi alma me dice que debo recuperar pronto la normalidad. Siento que llevo aquí tiempo, pero el cuerpo no me duele. Debe ser un milagro. No conozco a nadie y todos me miran como si fueran de mi familia. Estoy perdida. Hablan pero no les entiendo.  ¡Eh! ¡Esa voz es conocida! Debo intentar hacer algo.

 

Sergio entró en la habitación canturreando y todos le miraron.

-¿Por qué me miráis así? Me asustáis.

-Parece que la paciente te ha reconocido. Dijo la enfermera incrédula. Mira cómo ha modificado la expresión cuando has entrado.

El fisioterapeuta se acercó lentamente, escrutando el rostro de Amanda. Le tomó la mano sin decir nada. La mujer esperaba, mirando sus labios, a que él dijera algo.

-Por fin puedes vernos. Ahora cocinaremos juntos.

La mujer sonrió y la sala se llenó de exclamaciones y miradas atónitas.

-Sergio, sé que tu jornada está a punto de terminar hoy pero te pediría que colabores con el psicólogo. Parece que ha creado un vínculo contigo _ propuso el neurólogo.

-Ya me conoces Alberto. Estaré encantado de hacer todo lo posible.

Y guiñando el ojo, apretó la mano tan familiar de la paciente.

 

Ante este acontecimiento, reconozco esa voz, aunque no al hombre. Pero cuando me ha tocado la mano, he sentido que volvía a casa.

 

10

Fuente cerró la puerta de la casa y se dirigió hacia el patio. Reina mecía y cantaba al niño que sostenía a la perfección su menudo cuerpecito. Miró a Antonio que, pensativo, dirigía su cabeza hacia el jardín tal vez pensando en su sobrina.

Fuente asió a Agüita por el codo con cariño y la apartó hacia la cocina.

-El niño tiene muy buen aspecto, ¿no te parece?

-Desde luego – contestó mirándola fijamente.

-¿Qué le echaste a la infusión esta mañana?- le preguntó Fuente.

-Mira, estaba muy débil. Si no lo hubiese hecho, ahora podría…

En ese momento apareció Antonio que unió a la conversación con aire dubitativo.

-Agüita, el grillo no para de cantar – susurró Antonio con voz grave.

-Lo sé – sentenció.

-Eso nunca había pasado desde…

-…que llegaste -terminó Antonio sin saber a quién mirar.

-¿Nos tenemos que preocupar? – preguntó Fuente casi de forma retórica.

-Veréis – explicó Agua – el niño ahora está bien y eso es lo importante.

-¿Antonio? – preguntó Fuente.

-Lleva razón. Yo estaba muy preocupado pero confiaba en el fondo en que pasara algo de esto. Mis conocimientos a veces me hacen ver las cosas antes que los demás. Al llamar a mi sobrina pensé en que se lo llevara, pero Agua está haciendo un magnífico trabajo.

-¿Y si encontramos a la madre? – preguntó Fuente.

-En ese caso, cuando la madre llegue lo solucionaré. Volverá a ser un recién nacido -afirmó Agüita.

-Pero entonces, ¿el grillo?

-Cuando llegue la madre lo solucionaré. Hay que ocuparse de las cosas…

-…no preocuparse de ellas…- terminó Fuente – ya, ya.

La mujer miró cómo aquel ser tan especial salía de la cocina y rodeaba el pozo para sentarse junto a Reina. Antonio la miró y, por primera vez en su vida, no supo descifrar lo que aquel rostro escondía tras el semblante.

El niño balbuceaba acompañando la melodía mientras que cogía el pulgar de Agua. Ella miraba con infinito amor a la criatura mientras que comenzaba a sentir el temblor en su mano.

 

11

Marta iba ya en el tren. No había tenido problemas para tomar el siguiente ya que a esas horas centrales solía haber bastante movimiento. Esperaba la llamada de su oficina mientras pensaba en la mujer de la lágrima en la sien. Tras algunos años de experiencia nunca había sentido tal empatía con un cliente. Ese caso había quedado incompleto y esperaba en lo más profundo de su ser que tuviese un final no demasiado turbulento. Pensó en su tío. En menudo lío se había visto envuelto. Ahora que parecía instalado y con destino definitivo. Recordó a Reina, tan angelical y dulce. Su preciosa y delicada voz parecía de otro mundo. Y Fuenteclara, tan segura de sí misma incluso a tan avanzada edad. Cuando le había tocado el rostro había sentido tanto cariño… Su tío tenía suerte de haberla encontrado. Pensó en Agua, un ser extremadamente especial. Apenas se le venían palabras a su mente que la describieran. De repente sonó el teléfono.

-¿Sí? – dijo Marta sobresaltada.

-Hola jefa, la hemos encontrado.

Marta sostuvo el móvil entre su oreja izquierda y el hombro, buscó el bolígrafo y la lista de su tío, mientras suspiraba aliviada. Anotó la dirección y el teléfono del hospital. Escuchó atenta la historia que le contaban desde su despacho. La policía iba de camino y su compañero le había pedido un taxi que la recogería de la estación. Tenía suerte de contar con él.

Miró a través de la ventana del vagón. Estaba haciendo calor. Hizo memoria del momento en el que conoció a aquella mujer. Ahora lo recordaba todo: la mirada, su cara asustada. Pensó en lo desesperado de aquella situación. El coche estrellado pertenecía al individuo del que ella huía. No sabía qué sentir al conocer todos los detalles. Un sentimiento extraño de pesadumbre y alivio por ella. Se preguntó si en el hospital le habían contado ya que él había fallecido en el acto al chocar con el coche.

 

12

Cae la tarde, el sol termina su función por hoy. El cielo se vuelve violeta y anaranjado, una preciosa estampa tan bonita como tu cara. Me avisan de que él ya no está pero de que tú estás bien. El amor que siento es tan infinito que no alcanzo a medirlo ni en lo más profundo de mi corazón.

 

Marta estaba terminando de hablar por teléfono con la oficina de policía. Todo aclarado. La declaración recogida meses atrás en su despacho les servía. El documento de denuncia sin firmar, debido a la ausencia de una segunda visita de Amanda para continuar con los trámites, hubiese sido un atraso en el caso, de no ser por los testigos que la policía tenía del accidente. El guarda de la estación y el taxista se encontraban con ellos y habían identificado a la mujer.  Desde la oficina habían conseguido localizar al conductor del taxi que había confirmado las horas de recogida y llegada de la mujer. La llamada del guarda había salvado la vida de Amanda, pero no habían conocido el paradero del niño hasta el aviso de Marta.

-Por desgracia es un caso común – le decía a Marta la trabajadora social del hospital.

-Y ella, ¿cómo está? – le preguntó mientras terminaba de recoger las cosas de la mesa.

-Parece que tiene algo de confusión. En este momento está con el psicólogo y el fisioterapeuta.

-¿El fisio? -preguntó interesada Marta.

-Sí, se encuentra con él. Se despertó durante la sesión de fisioterapia y le han pedido que se quede.

-Pero, ¿recuerda al niño? – dijo Marta.

-En ello están. Es algo delicado.

Un hombre de aspecto serio entró en la habitación.

-Hola, ¿eres Marta?

-Sí, soy yo – contestó ella.

-Qué tal, soy el médico de Amanda. ¿Quieres pasar a verla?

-Claro – tartamudeó.

Caminó pasillo adelante con un nerviosismo como nunca había sentido; ni siquiera en los juzgados. La puerta de la habitación estaba medio abierta. Un ventanal dejaba entrar la luz tenue. A un lado el fisioterapeuta cogía de las manos a la mujer y la levantaba, comprobando su buen estado. El psicólogo que los vio salió en dirección a Marta y, tras saludarla, le explicó:

-Parece que nos entiende pero no nos habla. Es normal tras este tipo de acontecimientos.

-Entiendo, ¿puedo ayudar? -preguntó mirando al médico y al psicólogo.

-Nunca se sabe -contestaron al unísono.

Marta dio un paso hacia delante y sus miradas se encontraron. A Amanda se le iluminó el rostro nada más verla.

-¿Tú eres? – musitó.

El corazón de Marta golpeó en su pecho y recordando la hermosa historia de Adhara no pudo más que contestar:

-Yo soy.

Sergio quedó impresionado al igual que los demás hombres de la sala.

-¿¡Y mi niño!? –  gritó Amanda tambaleándose. Sergio la sostuvo entre sus brazos.

-¡Está bien! – le contestó Marta caminando hacia ella. –  Está en la casa.

De rodillas, las dos se abrazaron y Amanda, por fin, lloró.

 

13

La campana de la casa sonó. Ante la puerta, Marta y Amanda esperaban respirando agitadamente tras haber recorrido el camino a pie desde donde les habían dejado, junto al manzano. La puerta por fin se abrió y apareció Reina con porte elegante. El zaguán, de nuevo, se transformó dejando que la luz de la luna llena iluminase a las tres mujeres.

-Pasad, están en el patio.

Recorrieron el salón en dirección a la cocina.  Antonio aguardaba en la isla preparando unos vasos de agua. Besó en la frente a su sobrina y haciendo lo mismo en la mano de Amanda, la invitó a pasar.

El patio, iluminado de manera natural acogía a las tres mujeres y al niño que dormía en la cestita que ahora le parecía mucho más pequeña a Marta. Y sin embargo su madre lo reconoció al instante y rindiéndose a la alegría más inmensa, comenzó a reír y a correr hacia él.

Cuando se tocaron se hizo el silencio. El grillo dejó de cantar.

Marta miró a su tío, que miró a Fuente y ésta a Agüita. La última se acercó a los dos y mirando fijamente a Amanda le dijo que lo cogiera y se sentara. La mujer obedeció y sostuvo al bebé entre sus brazos. Agua se dispuso tras de ambos y a su lado se colocó Reina.

Cuando comenzó a cantar la nana del manto de estrellas a Reina se le aclaró la voz de tal manera que Antonio y Fuente se miraron y lo comprendieron. Agüita abrazaba y mecía con ternura a la madre y al niño, que poco a poco iba retornando a su edad real; dejaba de sostener su redondita cabeza y su cuerpo, más menudo, se iba flexionando de forma progresiva. Y con cada estrofa, Agüita y Reina se iban haciendo menos visibles, casi transparentes. Amanda, ajena a todo lo demás, sólo tenía ojos para aquella pequeña naricilla que le recordaba a su madre. Fuente tomó de la mano a Antonio y ambos se dirigieron hacia la puerta del jardín de té.

-Acompáñanos Marta – pidió su tío con gesto seguro.

Marta temblaba ante la escena en la que el amor y la ternura sobrepasaban a su miedo e incredulidad. Al terminar la nana, el bebé volvía a ser el recién nacido de la mañana anterior, sólo que sano y con su madre acogiéndolo. Marta levantó la vista y pudo en un instante fugaz observar cómo las dos mujeres, transparentes, se despedían y se iban juntas de la mano.

Amanda contuvo un sollozo; el niño buscó su pecho, y comenzó a amamantarse.

-Ya me dijo mi tía Aurora que viviría para verlo – dijo Fuente emocionada. – Antonio; ha llegado mi momento. Debo irme.

-Y yo me voy contigo, mi vida.

Marta comprendió entonces lo que ocurría. Buscó la mirada de su tío y sin poder evitar un gesto de negación con su cabeza le pidió que no se marchase.

-No te preocupes por mí. Estaré bien. Estaré con ella.

-Lo sé, pero, yo…

-Tú sabes lo que tienes que hacer.

-No, no lo sé tío.

-Sí lo sabes. Escribe cariño, nunca dejes de escribir. Escríbelos todos – le pidió.

-Pero hay uno, “ El sabio sin nombre”, no tiene …

-..final, claro, ese lo tendrás que terminar tú.

Fuente abrió la verja, y ambos pasaron dentro. De la mano caminaron hacia los arbustos de té y Marta pudo contemplar cómo desaparecían en la espesura de las preciosas hojas. Y a su lado pudo ver hadas revoloteando sobre sus cabezas, marineros, piratas, sirenas azules y la luz de la luna menguando y bañándolo todo de polvo de luz.

Se volvió hacia Amanda y la cogió de la mano. Entonces el niño despertó y sonrió. Con una gran carcajada del bebé, ambas mujeres experimentaron una sensación tan abrumadora como diferente. En sus comisuras se dibujaron grandes sonrisas y, de repente, una gran alegría las inundó.

 

Y, de nuevo, comenzó a cantar el grillo.

 

 

———————————————————————————————

 

Sergio salía de casa hacia el Hospital. Rafael, el guarda de la estación, asomó su cabeza al escuchar el sonido de la puerta. Armando buscaba las llaves del piso tras una noche agitada en las carreteras.

Los tres se encontraron con un repartidor de correos. Al tomar el paquete entre las manos ninguno sabía de qué se trataba. Al mirar la dirección un recuerdo se les vino a la mente. El de la mujer que meses atrás habían conocido y a la que habían de una u otra forma, ayudado. Rasgaron el papel y sacaron entre burbujas de plástico un pequeño libro y una nota.

 

“En agradecimiento por tu ayuda y generosidad. Este texto es muy especial y lleva la esencia de un gran hombre como tú. Nunca os olvidaremos.
                                                                                 Marta, Amanda y Lorenzo”

 

Con gestos de alegría e interés, el guarda, el taxista y el fisioterapeuta leyeron el misterioso título, y sonrieron.

 

 

 

 

 

Inma Villa Del Pino.

La casa de la Fuente. Parte tres. Amanda.

 

 

La casa de la Fuente. Parte dos. Amanda.

PARTE DOS

 

Amanda

 

1

Tres segundos tardó la línea en sonrosarse, los tres segundos más largos de su vida. Sintió que algo se abría entre sus pensamientos. Mezcla de pánico y amor, aquello era algo indescriptible. Después, le sacudió un mar de calor que la dejó casi sin sentido y se recobró echando mano del toallero para no resbalar hasta el suelo. El intenso olor de aquella tarde de noviembre a tierra mojada se le incrustó en el alma. Un sentimiento arrebatador le ivernaba, de nuevo, dendritas y axones por todo su cuerpo. La fuerza, que hacía tiempo había perdido, iba invadiendo todo su ser. Como si se hubiese accionado un sistema automático latente en su corazón, por vez primera en muchos años se sintió orgullosa y con ganas de luchar por algo.

Con disimulo, como el que esconde un océano en un barreño, salió del aseo y atravesó la estancia donde él se encontraba. Sin mirarlo para no delatar aquella magnificencia que estaba sintiendo, la mujer sostuvo la cabeza alta y se dirigió hacia la puerta con intención de abandonar la casa.

El brazo no tardó en asirla y estrecharla con violencia.

-¿Dónde crees que vas?

Cambiando desesperadamente la nueva mirada en su rostro giró la cabeza. En cuestión de un segundo cerró los ojos y devolvió a su cara la sumisión a la que estaba acostumbrada. Se había precipitado. Aquel no era el momento. Debía ser inteligente y aguantar un poco más. Aguantar. Aquel pensamiento se clarificó como una cueva a la que por vez primera accede la luz del sol y lo vio claro. Debía marcharse de allí lo antes posible, o podría perder lo que acababa de salvarle la vida.

Sin hacer nada de ruido aprovechó el poco tiempo que tenía durante la siesta antes de que despertase. Desesperada acudió al listín de los teléfonos y buscó entre sus páginas algún anuncio, alguna dirección. Estaba perdida, no daba con nada interesante. De repente, tuvo una idea. Hacía poco, recordaba, había guardado cierta carta que le debía haber llegado por error al buzón. Esperando que le fuese reclamada y, dado su origen, no se había atrevido a desecharla y la había guardado. Sí, allí estaba, donde la había dejado. De algo debía valer ser la única en poner algo de orden en aquella casa. Suspiró al ver la dirección. Era un lugar relativamente cercano. Debía ser rápida y estar lista en el momento en el que él saliera por la mañana. Buscaría la forma para no ser descubierta.

La miscelánea de emoción y miedo se presentó como una visita inesperada para alguien que ha permanecido sola demasiado tiempo: sorprendente y, a la vez, anhelada.

 

2

Marta llegó, aquella mañana, a ver a su tío con la alegría que le caracterizaba. Sus gestos juveniles la hacían parecer ante los ojos de aquel vejestorio, como él mismo se llamaba, la niña a la que había peinado los rizos años atrás en cada una de sus visitas.

Antonio la miraba con cariño mientras la veía aparecer por la puerta. Ahora era ya una mujer. Pero algo había permanecido inalterable a pesar de los años; adoraba seguir siendo el hombre que aún conseguía crear en ella aquel fantástico mundo de ilusión con sus palabras y gestos maravillosos.

Marta sentía lo mismo. Por eso no dejaba de visitarlo en cuanto su trabajo le permitía acercarse y disfrutar con él de aquellas tardes suspendidas en el tiempo allí donde él estuviese. Esta vez el lugar de encuentro era una cafetería cercana a su casa, un sitio ideal ya que su tío le había pedido que eligiera algo original pero próximo a su hogar para no hacerla perder el tiempo.

Cuando se encontraron envueltos en aromas, exquisitamente mezclados de chocolate y café, Marta observó a su acompañante y tuvo la reconfortante sensación de que todo iba bien, aunque en esta ocasión la conversación tomó un cariz completamente diferente.

-Siéntate. Tengo que hablar contigo. Has de saber que ya no voy a viajar más. He decidido que mis aventuras van a resultar más complacientes en mi mente y por ello estoy organizando mis cosas. Me traslado a un destino definitivo.

La mujer se asustó. De su tío lo esperaba todo, pero aquello le superaba. Le pidió explicaciones y sonriendo él aclaró:

-No te preocupes tanto. Tan sólo voy a dejar de vivir de aquí para allá. Tengo una amiga, a la que suelo visitar, que me ha ofrecido alojamiento. Y me apetece quedarme allí.

Marta sonrió de nuevo relajada. Conociéndole sabía que no duraría mucho tiempo en ninguna parte de forma definitiva. Pero, como le quería tanto, le estrechó suavemente y le susurró al oído que estaba muy contenta y que esperaba que fuese muy feliz. Después le pidió que se cuidase. El hombre la besó cálidamente en la frente y  le dijo que en cuanto estuviese definitivamente instalado se lo haría saber.

-Verás como cuando vengas a verme vas a quedar encantada. Te esperaré con una buena historia.

-Lo estoy deseando, tío.

 

3

La casa estaba en orden, como de costumbre. La campana que anunciaba la llegada de visitas permanecía intacta, de no ser por algún mosquito despistado que de vez en cuando se chocaba y rebotaba con un suave tintineo imperceptible al oído humano.

Fuente escuchaba  atenta a  Antonio, que se sentaba a su lado para narrarle alguna historia. Aguasanta, tras la puerta y con impaciencia infantil, esperaba oír la voz de Antonio, para transformar sus paredes en montes y lagos. Sus techos y columnas en cielos y poblados bosques.

– ¿Cuál quieres hoy princesa? –  Le preguntó Antonio con dulzura.

– Me encantaría volver a escuchar la de Esteban, el pirata.

– ¡Oh, esta es la preferida de mi sobrina!

– ¿Cuándo crees que vendrá Marta a visitarnos?

– Le dije que cuando quisiera. Conociéndola, no debe tardar en venir. Espero que no se pierda. En mi familia parece que me llevé yo la brújula al embarcar y los dejé a todos despistados.

– ¡La brújula! ¡Qué arte tienes Antonio! – rió Fuente con alegría.

– Mi sobrina es un desastre. Le envié un paquete con algunas cosas y una nota con mandados. Es algo más que una lista de tareas, se trata de pistas para que llegue bien en caso de perder la dirección.

– Y ahora retomemos el tema de la brújula. Comienza la historia de “El ruego del pirata”.

Siempre, desde que Antonio se instalase definitivamente en la casa, deseaban la llegada de aquel momento en el que uno contaba a la otra las historias, ciertas o no, que, en los largos años de mundo recorrido, el médico había escuchado.

Antes de vivir allí, cada vez que Antonio visitaba la casa, solían llevar a cabo este ritual que ahora realizaban cada sobremesa, por cierto, maravillosas. Entonces, dejaban la edad atrás, como si fuese un hatillo del que desprenderse fácilmente. Fuente, por fin, descubría, entre los brazos cálidos de aquel hombre, que las tardes en su compañía eran sin duda las mejores del mundo.

 

4

Tenía claro qué dirección tomar pero el mes de diciembre no había sido buena época; le habían dado vacaciones en la fábrica y con él allí era imposible pensar en huir de la casa. Enero estaba pasando y su angustia crecía junto a su vientre. De algo iba a servirle el ancho natural de sus caderas. Su estilo de ropa, normalmente amplia, era un elemento a su favor. Estaba teniendo precaución en ir aumentando el tallaje poco a poco.

Sentada en el sofá intentaba organizarse pero sus nervios y el miedo la bloqueaban. Sabía la dirección, iba a pedir ayuda pero no era capaz de decidirse del todo.

Los vecinos no ayudaban, eran mayores y poco amigables. Tampoco ayudaba el hecho de no tener ascensor. La construcción vieja y el carácter rácano de los habitantes del bloque suponían grandes esfuerzos a la hora de plantear la posibilidad de que se pusiera un ascensor. Los había que incluso no salían de casa y la compra se la traían muchachos que, asfixiados, subías bolsas y cajas llenas de comida. Pero, pensándolo mejor, esas escaleras serían útiles, ya que, en plena madrugada, hora a la que sin duda debería irse, el sonido del motor del ascensor desde luego supondría un problema.

Se levantó y continuó con la limpieza. Los cristales se mantenían ya en esa época más tiempo limpios ya que las lluvias no eran tan frecuentes. Le gustaba el olor del limpia cristales, hasta tal punto que aspiraba con fuerza con cada pulverizado de la pistola y las gotas microscópicas le humedecían el rostro dándole frescor. En ello estaba cuando sintió algo en su barriga. Sobresaltada, un grito de sorpresa se escapó de su garganta. Parecía que un pequeño torbellino se pasease por su vientre. Una sensación similar a los gases abdominales,  pero diferente. Enarcó las cejas y vio su sonrisa en el cristal, a través de las gotas azules que resbalaban hacia los rieles de la ventana. ¡Ahí estaba! ¡Haciéndose notar, su pequeña vida se daba a conocer!

– Ya no debo aspirar este tipo de productos.  –  Pensó en voz alta mientras se tocaba la barriga.

Pasó el papel por el cristal que dejaba ver la calle llena de coches. En ese momento lo tuvo claro. Definitivamente no podía escapar sin más. Debía ser valiente y dejarse de excusas tras la limpieza y el orden de aquella maldita casa. Ordenar ideas es lo que tenía que hacer. Buscó de nuevo la dirección en la guía telefónica y la memorizó. Se le daba bien eso de guardar datos. Aún recordaba la fecha de la creación del Imperio Romano.

-Veintiuno de abril -dijo en voz alta.

Existen datos que por algún motivo se almacenan en la memoria. Otros parecen revelarse en los momentos de mayor concentración, o desesperación.

 

5

La oficina de correos no abría hasta las ocho pero Marta se encontraba tan impaciente que llegó antes del amanecer. Al recibir la notificación el día anterior sintió que una nueva aventura se acercaba. Ya hacía algunos meses que ansiaba noticias de su tío. Incluso en los últimos días había comenzado a inquietarse. Ya las esperas, que antes llegaban a ser incluso de años entre noticia y noticia, se hacían más largas dada la avanzada edad de él y la madurez de ella, que hacían que se preocupase por el bienestar del hombre que como buen médico sólo había cuidado su salud cuando había sido absolutamente imprescindible.

El funcionario, aún con la cara hinchada del decúbito, la miró con cara de pocos amigos cuando la vio esperando en la puerta. Pero a ella le daba igual. Cuando recogió el paquete se fue rápida al trabajo para abrirlo como era merecido.

En su vida no le había faltado nunca nada material y por ello dedicaba sus energías y conocimientos de Derecho a aquella organización sin ánimo de lucro. Se sentía realizada con la labor que desempeñaba y su vida era bastante cómoda a nivel económico gracias a sus antecedentes familiares. Por eso su corazón no había sido corrompido y, aún, disfrutaba con los detalles que no tienen precio material con qué tasarlos. Por eso, deseaba como una niña pequeña abrir como era debido aquel regalo.

Cerró la puerta de su despacho, se acomodó y tomó el bulto entre sus manos. Le retiró el papel marrón que lo envolvía y sonrió. La caja del tamaño de un paquete de folios contenía un saquito con té y una carta con olor a canela y palabras sabias escritas con cariño. Su tío le enviaba noticias, por fin, desde la Casa de la Fuente.

Con cada palabra que leía, Marta iba aclarando las dudas sobre el lugar en el que se encontraba y, a la vez, se iba percatando de que, quizás, estaba equivocada y ésta sería, de verdad, la residencia definitiva de Antonio. Y, para su sorpresa, al final del escrito era invitada a pasar un fin de semana, sin necesidad de avisar previamente, para conocer en persona a todos los habitantes de aquel curioso lugar. Aquello le alegró sobremanera. Le apetecía mucho ir y no tardaría en organizarse para poder acudir a su cita.

Como buen viajante, su tío le recomendaba disfrutar tanto del trayecto como del destino, y le indicaba también una extraña lista de objetos que pedía por favor le llevase cuando le apeteciera aparecer por allí.

Sonriendo, guardó la carta en un cajón del despacho y metió el té en el bolso.Se sobresaltó con el sonido del teléfono. Mientras contestaba la llamada dejó en algún lado del desordenado escritorio el sobre medio rasgado.

 

6

Reina sacudía las sábanas de la cama para no dejar ni una sola arruga. De antiguas usanzas aún permanecían en su mente ciertas manías y las integraba eclécticamente en una forma de ser completamente bohemia. Aun así,  estas costumbres lidiaban sin mucha intensidad, quizá por falta de interés por parte de su alma en remover aquellos sentimientos escondidos de su niñez. La severa educación y los límites, rozando lo absurdo que se le habían impuesto arrugándole la autoestima  como un pañito de lino, ahora eran meros guiños en su quehacer diario como cuando acariciaba mil veces su ropa de cama hasta dejarla como una hoja de papel sin escribir.

Era muy feliz allí, en la casa. Tenía la justa dosis de actividad y descanso. Su voz tenía protagonismo en sus tareas y era imprescindible para la rutina del hogar. Por ello la cuidaba como desde hacía muchos años. Y, entre todas las cosas del mundo, lo que más le complacía era ayudar a Agüita en el cultivo del jardín, a pesar de los madrugones.

Cuando decidió quedarse allí,  Aguasanta,  le había dedicado una de sus mejores sonrisas. Y éstas siempre venían acompañadas de algún acontecimiento extraordinario. Como el día en el que Antonio también había decidido quedarse; esa tarde el azahar de los naranjos había florecido de golpe, inundando todas las estancias de la casa de un aroma inesperado, tal vez anunciando la dulzura y el romanticismo de la nueva etapa que se abría en la vida de la casa.

Y en el caso de Reina, el gesto de Agua, consiguió que durante unas semanas nadie pudiera evitar sonreír con cada amanecer, carcajear cada mediodía y desternillarse hasta tener dolor de maseteros, en cada crepúsculo, antes de quedarse dormida, con la boca aún cóncava, con un sueño reparador a la espera de un nuevo día. Y todo por la gran alegría que supuso la llegada de aquella gran mujer, y preciosa voz, que, aún después, al cabo de los años, cada día en el que entonara sus cantos, seguiría consiguiendo que los músculos de las mandíbulas se contrajeran tímidos dibujando sonrisas perfectas en las caras de los habitantes de la casa.

 

7

La mesa estaba desordenada por completo. Papeles por un lado y otro y carpetas de archivo, se confundían con porta títulos y rotuladores que no dejaban apenas hueco para el teclado y el ratón. A un lado, una bandeja de caramelo, a otro, otra con varias tarjetas de visita y alguna publicidad de cierto restaurante o café.

Había acudido de milagro y asustada. Tanto, que el corazón le latía tan fuerte que creía que se le iba oyendo por la calle. El sentimiento de soledad y culpabilidad la atormentaban día y noche. Cuando alguien tiene tu vida cautiva pero para los demás esto es invisible, el monstruo de la frustración te va comiendo por dentro hasta que ahoga tu interior y te conviertes en marioneta de aquel que te tiene preso. Pero, aquella mañana había soñado con su niñez y la libertad que había olvidado. Jugándose la vida entró en aquel lugar, pensando que estaba loca.

Al entrar, Amanda sintió que no era el sitio adecuado para su problema. Tanto desorden la confundía y su mente no estaba para tanto alboroto. Pero en cuanto alzó la vista de aquella pequeña hecatombe, se encontró con unos ojos como nunca había visto. Un escalofrío le recorrió la columna. Sintió un impulso tan intenso ante aquella mirada que le pareció como si le hubiese alcanzado la onda expansiva del portazo que acababa de pegar tras de sí. Mientras se volvía de nuevo hacia la mesa respiró hondo y dejó escapar de su rostro aquella muestra de incredulidad y fascinación. Se recompuso velozmente y estrechó, contenida, aquellas manos que, automáticamente, le dieron seguridad.

La charla transcurrió, dadas las circunstancias de lo que se decía, con bastante nerviosismo por parte de la mujer. Explicar las razones por las que alguien necesita la protección de otros y abrir el corazón ante un desconocido cuando te han hecho tanto daño, no es una tarea fácil.

Cuando finalizó la entrevista y volvieron a estrechar sus manos estuvo más tranquila y pudo sostener algo la mirada. En el último momento y sabiendo que tal vez y, dado lo delicado de su situación, podría tener complicado volver a aquel lugar, la mujer deslizó sus dedos sobre la bandeja más cercana y tomó sin que la chica la viera uno de los documentos que por allí había con la esperanza de poder contactar de nuevo con ellos en caso de no poder hacerlo en persona.

Se  deslizó por la calle como un reptil que va mudando la piel. La piel, que era su alma dañada, se quedaba tras de sí y su cuerpo, como desnudo, comenzaba a envolverse con algo de esperanza. Febrero estaba dando paso al mes de marzo que prometía una primavera de cambios inesperados y reveladores.

 

8

SinuhéLa tienda de ultramarinos estaba cerrada. A punto de darse la vuelta confundida, Marta se percató de una pequeña sombra que se mecía suavemente sobre el pedazo de suelo que  entreveía entre el marco y la hoja de la puerta de entrada. Deslizándose hacia arriba, la sombra iba cubriendo el canto de la puerta hasta que una simpática figura se presentó ante su  mirada atónita.

Un hombre de mediana edad, de rasgos marcadamente africanos, ataviado con varias prendas de colores vivos y llamativos, le sonrió.

-Hola, buenas tardes. Adelante.

Las livianas prendas se mecieron con un gesto suave, invitando a Marta a pasar adentro.

-¿Qué tal? Disculpe, pensé que estaba cerrado.

-¡Oh, no! Es que aquí la gente suele venir a otras horas, pero eres bienvenida.

Marta entró despacio observando todo con curiosidad. La tienda contaba con una barra de madera gruesa. Al acercarse más a ella se dio cuenta de que llegaba con dificultad, quizá por haber elegido aquellos zapatos planos que en esos momentos le hacían sentir minúscula ante aquel hombre. Pero su preocupación se desvaneció  pues rápidamente su atención se desvió hacia el suelo de aquel lugar. Cada gran azulejo representaba un dibujo africano de colores anaranjados en los que el sol y los animales eran los protagonistas.

-¡Qué solería tan espectacular! – se sorprendió diciendo en voz alta.

-Gracias, la pinté yo mismo hace ya algunos años.

-¿En serio? Pues es usted un artista – Sonrió con simpatía Marta a la vez que escrutaba el precioso rostro de aquel hombre.

-¿Y a qué le debo esta visita?- preguntó divertido.

-¡Oh, discúlpeme, por favor! -contestó ruborizada. Mi nombre es Marta. Vengo a por algunos recados, y me va usted a perdonar, pero algunas cosas no sé si las va a tener.

-Inténtelo- contestó con interés el africano- estoy deseando ayudarla.

-Verá, tengo por aquí una lista… -nerviosa tomó aire, no se podía creer aquello – No puedo haberla extraviado. ¡Oh!, aquí está.

Sintiéndose aliviada sacó el papel que le había  mandado su tío en aquel paquete y se lo mostró al tendero.

-¡Vaya, vaya! Así que tú eres ésa Marta. Claro, esos hombros, y esa entonación al hablar… ¿Cómo no he caído antes?

-¿Disculpe? – preguntó Marta un tanto confusa.

-¡Pero si eres digna sobrina de Antonio! -le contestó -. Anda pasa dentro que tengo tu encargo preparado.

Tras una interesante charla con Sinuhé, Marta salió de aquel lugar como extasiada. No tenía claro si era por la taza de rooibos que le había preparado con excelencia, si por lo particular de la situación o por el cansancio de un domingo ajetreado.

El único día que había tenido libre esa semana lo había invertido en ir a aquella tienda siguiendo los consejos de su tío. Deseaba poder tener ya una fecha para ir de visita. De momento contaba con el paquete de raíz africana. No había sido complicado encontrar la tienda a pesar de no estar especialmente cerca de casa. Y, pensándolo mejor, no estaba tan cansada a pesar de todo. ¿Sería efecto de la infusión?

 

9

Agüita secaba la ropa con esmero mientras Reina sacudía el polvo de los estantes más altos de la cocina.

Desde que la casa quedase únicamente para los huéspedes antiguos, la vida parecía más ordenada. Aunque sólo eran apariencias ya que, en el fondo, los acontecimientos inesperados acaecían extraordinariamente de forma ordinaria. Por eso no extrañó a nadie que, de repente, las rosas del jardín comenzaran a florecer. El olor despertó a Antonio que se encontraba aún en su aposento, exhausto de la noche anterior, en la que había terminado de pintar la fachada exterior. Llegó sonriente al jardín y aspirando el aroma, vino a su consciente un recuerdo llenando sus ojos de brillo. Cuando Fuente acudió a la escena, y le miró a la cara, una carcajada sobresaltó al silencio.

-Ya tenemos una nueva historia, ¿no es verdad, querido?

-No he podido evitar recordarla al oler este perfume encantador. Las rosas aromatizan el té en cierto lugar árabe en el que estuve una vez cerca de la costa.

Las dos mujeres dejaron sus tareas y Fuente se acomodó entre ellas, cerca del pozo de luna, para escuchar atentamente. Antonio, por su parte, se quedó de pie como cada vez que contaba una historia nueva, que merecía toda una puesta en escena.

-Esta historia se titula: “Los cristales del Mauro”.

Paseándose de arriba abajo hacia la puerta del jardín de té, el marinero contaba el fascinante relato ante la atenta mirada de las tres mujeres. Elevaba sus brazos y los movía como olas en el mar. Sacudía la cabeza y serpenteaba con sus dedos simulando algas, peces y estrellas de mar. Con sus pies golpeaba el suelo del patio a la vez que silbaba, simulando una tempestad.

-Vaya Antonio, esta historia me ha sorprendido. ¿Dónde la escuchaste por primera vez? – preguntó Fuente, interesada.

-Me la contó un marinero marroquí tras una noche de tormenta.

-Hay  veces que no sé si creerte. ¡Hoy te mereces unas gotitas de licor en el té! -le dijo Agua al sacudirse el delantal, mientras Reina se mondaba de risa.

 

10

En casa respiraba con dificultad. El aire de la calle le proporcionaba algo de energía pero sentía que volvía a la realidad con cada paso que daba dirección a la cocina. Su vientre cada vez más elevado se dejaba intuir por entre los pliegues del chaleco que comenzaba a estar de más a finales del mes de mayo. Debería ir pensando en la posibilidad de comenzar a ir usando pañuelos largos sobre camisas anchas.

El olor a ropa tendida de la vecina le recordó que debía poner la colada y estirar la cama antes de que él llegara. Hoy no tenía ganas de discusiones y era en serio que debía descansar un poco las piernas, que cada vez le pesaban más.

Cuando terminó de realizar las tareas se sentó extrañada de continuar sola. Miró por tercera vez en un rato el reloj y se asomó a la ventana desde la que se divisaba la calle desierta del mediodía. Decidió acostarse y dormir.

En el primer espasmo de la caída del sueño creyó escuchar la llave. Con dificultad se sentó en la cama y se incorporó sintiéndose algo mareada. Pasillo adelante arrastró los pies espabilándose con cada zancada. Llegó al salón y se percató de que todo estaba oscuro.

Había perdido la noción del tiempo, no sabía cuánto había dormido. Se acercó a la puerta y sintió a los vecinos hablar al otro lado. Ese había sido el ruido que la había despertado. Todo aquello era muy extraño. ¿Dónde se había metido?

Un incipiente plan comenzó a dibujarse en su mente. Un esquema claro de objetos imprescindibles se presentaba ordenadamente en su cabeza y, entonces, decidió realizar una lista.

Tomó un bolígrafo y se dirigió al armario. Buscó entre los bolsillos de su abrigo y encontró la tarjeta y el sobre rasgado. Detrás de éste sería un buen lugar para escribir. Comenzó despacio y se fue animando hasta completar la lista. Así sabría lo que tenía que organizar llegado el momento. Con cada palabra se iba emocionando y la ilusión iba siendo real. Cuando estuviera lista partiría. Pero, ¿cómo? Desde luego necesitaría dinero. Bien, así que debía pensar en el tema del dinero.

Se sorprendió a sí  misma sonriendo cuando escuchó de nuevo una llave. Esta vez no había duda. Se dio prisa para recoger todo y se recompuso. Poco a poco parecía ir dando forma a la idea de la huida, y esta vez estaba más cerca que nunca.

Se estiró bien el chaleco y rodeó la esquina de la habitación para seguir con la obra de teatro de su vida.

 

11

Marta trabajaba con entusiasmo para no dejar nada atrasado y poder comenzar a plantearse el viaje. Debía organizarse bien para poder hacer la visita sin prisas y para ello quería intentar tener a sus clientes lo más controlados posible.

El inicio del verano sería una buena época para cogerse vacaciones. A pesar de su desorganización nata, a la mujer le gustaba tener sus casos controlados y uno de los juicios sería a finales de mes con toda probabilidad.

No podía sin embargo dejar de pensar en aquella mujer asustada que la había visitado meses atrás. ¿Qué habría sido de ella? La falta de seguridad con la que se había presentado le hacía creer que sería complicado que ella volviese y aquello le atormentaba en su interior. Todos sabían por allí cómo solían ir esas cosas. Un poco de valor que raya en la orilla del mar y se pierde con la fuerza de las olas, quedando las almas destruidas como la arena es arrollada por el ímpetu del agua en la playa.

Además, había algo especial en todo aquello. No sabía aclararse pero, desde aquel día, sentía una punzada cada vez que recordaba los detalles de su cara, la mancha en forma de lágrima en su sien- ¿era la derecha o la izquierda?- y el timbre de  voz asustada. No contaba con dato alguno para localizarla. Todo tenía tintes inquietantes pero había algo agradable entre las sensaciones que había experimentado durante el rato que duró el encuentro. Como si una intuición luchase por escapar, y hacerse clara en su mente, pero no lo llegase a conseguir. Sentía que se había quedado algo sin hacer y que ella era, en parte, responsable pero, por el momento, no podía hacer otra cosa que esperar. Debería haberle programado una segunda visita para asegurarse de que había iniciado los trámites.

Programación, ella se estaba programando para la salida. El viaje, claro.

Volvió a su agenda y recuperó de nuevo el organigrama de trabajo y continuó anotando datos, fechas, horas y reseñas. Necesitaba el rotulador rosa, pero no lo encontraba. Miró en el cajón y encontró el verde. Ese no servía, era para las cancelaciones. Pensando en el último lugar donde lo había utilizado, comenzó a soñar con los senderos rosa que dejaba al pasar la tinta por el papel y sonrió al asimilarlo con los lazos de raso del mismo color que su tío le regalaba para su pelo y que a ella le parecían suaves tesoros.

Estaba ensimismada en sus pensamientos, cuando recordó algo. El papel con la dirección de la casa de su tío debía estar por algún lado y no podía dejar de buscarlo pues, si no, sería bastante complicado encontrar la casa. De todas las cosas que había en la mesa, sobresalía el pequeño paquete que tiempo atrás recogiera. También estaba la lista, de la que había podido conseguir el rooibos de la tienda del africano, pero no halló el sobre con la dirección.

-Debo haberla puesto por algún sitio – susurró molesta por su despiste.

Tras una intensiva búsqueda en la que aprovechó para ordenar algo la mesa, lo dio por perdido.

-Bueno, tampoco creas que en aquel sitio tan recóndito va a ser tan complicado encontrar un domicilio – intentaba convencerse en voz alta.

Sabía la ruta que debía seguir por las señas que en la carta su tío le daba. Debía recorrer un trayecto en autobús para llegar a la estación que la llevaría en tren directa al pueblo o, por otro lado, podía acceder en coche pero, entonces, el viaje no sería tan interesante, y además sería mucho más largo y tedioso.

Ella estaba deseando ver a su tío pero, también, quería ser fiel a los deseos de su pariente que le pedía que disfrutase de toda la ruta. Y aún tenía que comprar algunos de los extraños encargos de su particular aventurero.

Dando la búsqueda por finalizada continuó ordenando papeles y entonces, tras una cajita de clips divisó el tapón de color rosa del rotulador y, como si fuese un pececito escurridizo, lo atrapó -no sin cierta dificultad- en el segundo intento entre golpeteos de manos sobre la mesa y exclamaciones poco amigables, fruto de su indignación hacia su sentido del orden.

 

12

Las hojas de té han de tratarse con cuidado y cariño para que en su trayecto no resulten dañadas. Una vez bien secas han de permanecer el tiempo justo en el saco, para no perder propiedades.

Se toma agua de la fuente y en un cacito se calienta cinco minutos, hasta ebullición. Se introduce el té en el agua hirviendo, justo en el momento en el que comienza a bailar. No más de tres minutos, pues amarga.

La miel o el azúcar de caña son opcionales, al igual que el limón o la leche. En particular, el detalle de la intuición sobre el gusto de cada uno debe ser lo más importante: Si eres de talante negativo has de añadirle un poco de azúcar para endulzarte el humor, si eres más bien inseguro, la leche es tu elección. Si te crees fuerte, es que no lo eres y deberás añadirle limón, para redimirte de tu altanería. Y si estás en paz con tu ser, el té se toma solo.

En casa de la Fuente el té se servía de mil formas, de manera personalizada. Cada huésped tenía su sabor y en concreto Agua lo reconocía a su llegada a la casa.

En la ocasión en la que vino la bruja que leía el futuro, desde el umbral, Agüita comenzó a sonreír:

-Aquí llega un caso claro de té negro con limón.

Y así fue que la bruja quedaría extasiada con el elixir con regusto a regaliz. Y su estómago dañado por los ácidos posprandiales, quedaría encantado ante tal sosiego reparador.

El día que llegó la banda de música, con todas esas bocas secas de soplar los clarinetes, a Agua casi le da un patatús al sentir tal cantidad de té verde acumulándosele en el caldero:

-Antioxidante para los muchachos, que ya vienen bastante cargados de hormonas – se dijo.

Pero aquella noche de calor, el cuerpo se le vino abajo pues, ante aquel presagio, Agua se quedó en blanco. El paño con el que secaba sus manos se deslizó lentamente por su regazo en dirección a los azulejos del fregadero. Entonces salió de la cocina para dirigirse a su dormitorio.

-Aquí llega algo diferente- exclamó en voz baja.

Todos dormían ya.

13

Era el día. Siete meses eran demasiados. Decidida, preparó lo poco que creía importante. Algo de ropa, documentos y mucha valentía. El dinero que había ido arañando de las cuentas de cada salida al mercado se mezclaba con los papeles bien camuflado. Suficiente para llegar. Caminaría hasta la casa una vez llegase al pueblo. El número, grabado a fuego, de aquella dirección se le antojaba distante pero real.

La una de la madrugada. Su respiración era profunda. Estaba dormido. Sus párpados contenían a los globos oculares en movimiento. Soñaba.

Salió, respiró hondo y bajó tramo a tramo, por última vez, aquellas escaleras con cantos redondeados del desgaste del tiempo. Caminó con paso inseguro similar a un ánade y se dirigió a la cabina de detrás del parque. Volvió a tomar aire. Hasta la pequeña mochila le pesaba sobremanera. Marcó el número y a los diez minutos apareció el taxi.

El conductor bajó la ventanilla del copiloto y la observó con curiosidad mientras ella le entregaba la nota. Al ver la dirección el taxista le dijo:

-Buenas noches señora. Sabe que esto está a más de dos horas de camino, ¿verdad?

-Sí. Tengo dinero suficiente – contestó con gesto compungido.

Su vientre se retorció de repente y cayó sobre el asiento trasero ahogando un gemido.

-De acuerdo, sin problema. Así me evito las carreras indeseables de la madrugada.

-Ajá – contestó como pudo.

 

El parto había comenzado.

 

-¿Se encuentra usted bien, señora?

-Sí, es sólo que estoy muy cansada. ¿Le importa si duermo un rato?

-Para nada, descanse. Es más, le voy a cerrar la hoja de metacrilato para que tenga usted menos ruido. Le aviso en cuanto lleguemos.

-Gracias, es muy amable.

Los dolores se presentaban a cada cuarto de hora. El hecho de la huida había enmascarado algo tan evidente. Pero debía aguantar. Si el conductor se diera cuenta la llevaría a un hospital y allí estaría perdida.

A las tres de la mañana las contracciones eran muy seguidas. Las luces borrosas a través del plástico que le separaba del conductor parpadeaban cada minuto que pasaba. Con el brillo verde que desprendía aquel reloj analógico se concentraba para respirar. El asa de la mochila en la que llevaba el agua y la ropa le servía para apretar la mandíbula en un vano intento de mitigar el dolor.

El taxista escuchaba las noticias para no rendirse al sueño. Amanda miró al cielo buscando sosiego con desesperación y la luna llena le impactó en el rostro. Antes de dormirse, alucinando,  miró hacia la pareidólica cara visible del satélite. Y durante varias contracciones, de manera prodigiosa, pudo mantenerse dormida y descansar.

-Señora, hemos llegado. ¿La dejo en la puerta de la estación o va usted al pueblo? –  dijo, de repente, el hombre con tono cansado.

Amanda despertó sobresaltada mirando confusa al taxista. Eran las cinco y media. Se preguntó cómo había podido dormir tanto y se asustó al pensar en que algo no iría bien. Pero entonces sintió una nueva oleada. Antes de que aumentase la intensidad y le impidiera  hablar, contestó al conductor.

-Está bien aquí. Tome su dinero. Y quédese con el cambio.

-Como diga, y muchas gracias.

Disimuló querer doblarse como una pinza. Se echó sobre los hombros la mantita y salió del vehículo. El hombre, deseando terminar su guardia, hizo un ligero gesto con la mano, puso el cuentakilómetros a cero y aceleró. Ella se quedó sola frente a la estación.

Amanda no se percató de que la mochila iba en el taxi hasta que la contracción cesó y pudo levantarse del banco de piedra. Aturdida y desorientada pensó en caminar hacia la casa pero no era ya capaz. Llegó hasta una esquina y se arrodilló frente a un campo de trigo seco. Dejó la manta en el suelo, inclinó la cabeza hacia la izquierda y miró hacia arriba. Una lágrima se resbaló sobre la mancha de la sien derecha. Aún era de noche.

 

14

A las seis menos diez de la mañana, Marta saltó de la cama. Por fin meses después de recibir el correo de su tío había conseguido unos días libres. Resultó sorprendentemente fácil hacerlo a pesar de la hora, en comparación con la rutina diaria, puesto que aquel día no se dirigía a su habitual quehacer. Y era cierto que éste no le disgustaba pero, también, que una pequeña aventura parecía activar un resorte bajo la cama para hacerle más fácil levantarse y salir del confort que las sábanas le proporcionaban a tales horas del día.

Tomó té verde con hierbabuena, con mucho azúcar, un poco de pan con aceite y para terminar el desayuno un cosquilleo aderezó su barriga.

Tras una ducha caliente poco apropiada ya para el calor que venía haciendo desde hacía algunas semanas y un masaje con nutritiva, estaba lista para salir, ya que el equipaje estaba preparado del día anterior. Casi se olvida en el último momento de coger el billete de tren. Ya en la calle, Marta respiró hondo sintiendo cómo el aire tensaba sus vísceras, esa mañana bastante simpáticas por la emoción.

Tomó el bus que la llevaría hasta la estación de tren con paso ágil y se sentó al lado de un estudiante con cara de sueño que la miró de reojo, extrañado. No eran horas de ir luciendo sonrisas para el pupilo con hambre de cama.

En la calle, una espesa neblina cubría el paisaje y hacía que en la mente romántica de Marta se dibujasen campos verdes y prados llanos donde, en la realidad, el mar de acero y las luces de neón copaban las vistas de la ciudad. El estudiante gruñó algo parecido a una disculpa cuando salió del asiento para abandonar el bus y dejar a Marta sola. Pronto llegaría ella también a su destino.

La  primera estación de su trayecto no estaba tan repleta como ella esperaba y en poco tiempo se encontró de nuevo acomodada en un sillón algo agresivo para la espalda. Pero Marta estaba tan contenta que no sentía más que ganas de disfrutar el camino, como le habían enseñado. Cuando sales de viaje es igual de importante aprovechar el inicio que el final y saber vivirlo todo con igual intensidad, pues nunca sabes en qué momento vas a encontrar una experiencia verdadera. Y de eso se trata cuando viajas, de encontrar tu vivencia. En sus pensamientos se encontraba inmersa cuando, cerrando los ojos, cayó en un profundo sueño en el que un cuento de su tío se le presentó amablemente.

En su mente había aguas infinitas y árboles brasileños. Castaños de india, hadas y delicadas alas. Soñaba con “El dosel de las coronas continuas”.

 

15

Era principios de Julio y habían estado realizando la segunda recolección, que siempre tiene lugar en esta fecha, tras la cosecha de en medio. Casi veinte kilos de hojas habían guardado con cariño durante ese amanecer y los tres anteriores, conforme las estrellas desaparecían para dar paso al sol -momento ideal para afrontar la acción por el mejor estado de las yemas.

Con la técnica fina, Agua siempre recogía las hojas, de forma que el té guardase su máxima calidad.

-Con esta forma de recolección la tabla de cosecha, es decir la superficie del arbusto del té que supone el centro de la recolección, queda lista para volver a repoblarse. Siempre debemos tomar las hojas y las yemas de la superficie más externa – decía Agua a Reina, que le ayudaba con su melódica voz.-Recuerda que es la más rica en taninos y teína.

Con la lección aprendida, Reina solía descansar por la mañana en su habitación. Quedaba exhausta de cantarle a los arbustos la canción del manto de estrellas, que servía de reclamo para que las hojas se escurriesen entre los dedos expertos de Agüita.

 

 

“Manto de estrellas que el cielo iluminas,

deja tu noche bendita

y sal de la oscuridad

para amar las hojas del té

que luego te aromatizan,

y después te embelesan el alma.

Manto de estrellas,

cae sobre las hojas

como luz entre las yemas

que traspasan con dulzura.

Estrellas de la noche,

poned cariño,

que la infusión dará

vida al viejo ,

salud al niño.

Manto de estrellas,

caed con fulgor

que la noche espera

pero yo no”.

 

Aquella mañana Antonio leía tratados de anatomía y Fuente dormitaba entre sonrisas. Pero Agua permanecía alerta en el momento en el que la campana sonó y se le vino aquella incertidumbre encima. No supo qué pensar en ese momento pues nunca antes en todos aquellos años les había llegado algo ni remotamente parecido.

-Aquí no tenemos para él, pensó. Aunque sí, meditándolo un poco, quizás haya en la despensa algo de rooibos. Sí, sin teína…

Agua se sorprendió cuando no sonó un segundo aviso de la campana. Era aún más extraño. ¿Se habrían marchado? Entonces una inquietante imagen se le dibujó en la mente. Se dirigió presa del pánico hacia la entrada y abrió la puerta.

-¡Fuente, esto no me lo esperaba! ¡Antonio, por favor, ven de inmediato! -exclamó levantando los brazos.

Reina acudió a la llamada corriendo por las escaleras que se transformaron en rampa para facilitar la llegada.

El bebé de apenas horas de vida se encontraba dormido ante un cuarteto boquiabierto que le permutaba en edad. Tomándolo entre sus brazos, Antonio rogó al cielo que estuviera vivo. Parecía un colibrí alojado entre las ramas de un ingente roble. Entonces el niño despertó.

El sol se abrió paso entre las nubes para dar color a la estampa que se había constituido de forma improvisada en la puerta de la casa. El zaguán se hizo más ancho y el olor a rooibos se definió en la intuición de Agüita.

 

 

20181022_124628.jpg

 

 

 

 

 

Inma Villa Del Pino.

La casa de la Fuente. Parte dos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Universus-A-Um

Antes de ayer no miré al cielo, pero reconocí a una estrella. En realidad sólo entendí lo que ya intuía…que las estrellas más brillantes, a veces brillan más en la oscuridad.

Si fuera árabe, Aldebarán sería su nombre, “la que sigue”.

Si fuera latina, Oculus Tauri.

Si italiana, Oculus Australus,  “Ojo del Sur”Si griega, Omma Boos.

Pero de ninguno de estos sitios procede; pues nació entre preciosas murallas.

En sus negros ojos habita un Universus ; aquel del que habla con las manos. Y en su infinita generosidad se halla la excelencia, escondida en una humilde cajita.

Porque hay estrellas más brillantes que el Sol. Aquel que de nieblas cubren a la Tierra, con sus sombras y sus brillos.

Porque hay gigantes rojas hermanas de  Aldebaran, que por algún motivo el destino no les dejó escapar del Universo de su mirada.

Y esta estrella es una de ellas. Y su nombre le proporciona criterio. Yedra y Cerezuelo la arropan.

Grande la pena de sentir qué gran “Ojo del Sur” nos perdimos. Pero “la que sigue”, es ahora más gigante.

Y tuve la suerte de descubrirla. Y tengo la suerte de que me guía.

Y tendré la suerte de verla brillar, siempre. 

 

Porque los verdaderos astros, no necesitan Tierras que gobernar.

Su verdadera misión es enseñarnos a descubrir el camino, con su luz.

Y no necesita más nombres que el que sus padres le dieron.

 

Gracias, amiga.

 

 

Imagen| Aldebarán

Cuestión de tiempo.

Era una noche de invierno como las de antaño. Las ventanas del gimnasio parecían transpirar el vaho de la calle y éste se dejaba llevar por la estancia  hasta quedar adherido a las gomas, las pesas y las paredes, como el humo de una  chimenea escapa de las últimas áscuas silenciosas de alguna mansión victoriana. El enchufe medio descolgado de la diatermia amenazaba tambaleante cual péndulo impaciente de un reloj suizo labrado en madera, mecido por el impulso de Boby al salir de la sala.  Una gotera del grifo artificial del lavabo portátil de la sala de podología, dejaba escapar un ligero sonido que simulaba una tetera sibilante. Y tililaban las luces del monitor de la recepción, como las velas lucían en el habitáculo del Señor Scrooge.

-Mañana es fiesta. Tenemos cena en casa con los amigos- le comentó Boby a Ebye-. Podrías venirte. Vendrá Sam.

Boby había llegado de Berlín. Su beca Leonardo terminaba en febrero y aprovechaba al máximo sus jornadas en la clínica. Pero también disfrutaba de cada momento libre de su estancia en aquella ciudad del sur de Europa. De Ebye aprendía día a día y entre otras cosas admiraba su vocación y pasión por la práctica clínica. Pero esa noche, en la que los pacientes estaban en sus casas, preparando ya la cena, sentía algo de pena al verle en el escritorio delante del blog.

-¡Ebye!

-Uhm…- articuló sin mucho interés.

-¿Me escuchas? – susurró tras su nuca con su medio acento alemán.

-No voy a salir mañana. Tengo una formación en un mes.

-Venga ya Ebye. Mañana te vienes al piso. Kelly va a rellenar un pavo. Y Jhoana va a hacer pannacota. No fastidies. ¡Y vendrá Sam! ¿Me oyes? Sam, del centro de entrenamiento.

-Claro. Vale.

Alzando la mirada al techo con expresión de hastío, Boby tocó su hombro y se retiró cruzando la cálida recepción, mientras se despedía con la esperanza de que entrase en razón.

-¡Mañana te mando un wassap a ver si cambias de opinión!

-Publicar automáticamente. ..pensó en voz alta.

Boby cerró la puerta.

No, mejor lo programaría para días antes de la formación. Para aumentar la expectación. Echó una mirada de reojo al reloj. El parpadeo de la luz analógica le daba sueño. Un rato más. Sólo un rato más.

Un recorrido suave sobre su piel. La mirada admirada de un paciente tras una reevaluación. El olor al adhesivo. Un perfume llamado Jennye. Jill, Jeremy, signos comparables. Telones de azúcar sobre el escenario al oir hablar a la nutricionista junto al box. …

Ebye despertó de repente sintiendo retumbar su corazón bajo un pecho asustado por el frio de la helada estancia. A las once se apagaba la calefacción. Todo estaba oscuro. Tenía dolor de cuello. Le hubiera apetecido crujirse C4; lateralmente hablando. Pero se lo impedía su religión, incluso lateralmente.

El blog a medio escribir esperaba en standby. Lumbares. Lumbreras. Lumbres. Qué frío.

De repente se le erizaron los vellos de la nuca al intuir una presencia a su derecha. Echó el aire de sus pulmones y con una contenida espiración, hizo una apnea sin hipopresionar (el sonido posterior delataría su presencia). Volvió a inspirar para no marearse y reunió toda su valentía para girar la cabeza.

Al centrar la mirada le vió. Allí estaba, el mismísimo Robin, sentado en la camilla mirándole de frente. Y a su lado, Louis le sonreía.

-Buenas noches Ebye. Soy…

-Ya sé quién eres, por Dios- se sorprendió contestándole.

-¡Ah! Pues a mi lado tengo a…

-Señor, no hacen falta presentaciones-volvió a decir con la boca seca por los nervios-. Está claro que necesito ayuda. Estoy delirando.

-Para nada- contestó Louis guiñándole un ojo azul como la mar, con serenidad.

En ese momento a la izquierda de Ebye asomó la cabeza de una tercera aparición.

-¡Llegas tarde Andrew!- exclamó Robin con acento divertido.

Ebey se frotó los ojos. No sabía qué hacer. Salir hacia la izquierda le haría chocar con el señor de la barba. Y hacia la derecha sólo estaba la camilla. Bueno la camilla y dos fantasmas más.

-Deja de mirarnos así y síguenos. No perdamos el tiempo.

-¿Seguiros? ¿A dónde?

-La cuestión no es a dónde- dijo Louis- sino a cuándo.

Sin más, una turbulencia le sacudió el pecho. Cuando abrió los ojos se sintió mal. Robin le tomó de la mano y le sonrió con benevolencia.

Entonces reconoció la sala.

– Ebey, estamos en el pasado-le dijo el señor M.

-No fastidies. ¿Esto va de Dickens?

-Esto va de ti. Y desde el mayor de los  respetos al señor Dickens. ¿Reconoces esto?- le preguntó Robin.

Claro. Un curso de hace años. Tendría unos veinte en aquel momento. Miró a su alrededor y reconoció los rostros de sus compañeros.  El olor de la moqueta y el sonido de la traducción le removía tantos semtimientos… y entonces se vió. Pegadas las manos al teléfono, enredada la mente en la pequeña aldea de muros semipermeable. Sintió el abrazo cálido del sentimiento de pertenencia a un grupo.

Robin le miraba. Ebye giro la cabeza y le preguntó.

-¿Es cierto? ¿Todo te lo enseñaron tus pacientes?

-Es una buena pregunta Ebye. Tuviste suerte de encontrar un grupo que te hiciera dar más importancia a las preguntas que a las respuestas. Debes recordar eso. No hay respuestas correctas ni incorrectas. Y tampoco necesidad de tratar de hacerse preguntas de forma contínua. Busca en tu pasado para encontrar algunas respuestas. Y sólo aprende de ellas. Como yo de mis pacientes.

-Pero, entonces…

Robin ya no estaba. En su lugar Louis le daba la mano y desaparecían de la sala como flotando.

Otro salto.

Su casa. Algunos años después de aquel curso. Su padre le decía que ese año para las Navidades le haría un buen regalo. Y Ebye le repondía que necesitaba varios libros y algo de dinero para unas jornadas.

Louis le rozó el codo.

-¿Recuerdas ese día? -le dijo.

-No del todo- contestó mirando a su alrededor con algo de confusión.

Su abuela. Cuando la vio sintió escalofrios. Las ganas de abrazarla y la sensación al volver a oler su perfume a naranjo le hicieron sollozar.

Debería haberle dado más abrazos.

-No te atormentes-le dijo Louis-. Estás aquí para aprender, no para sufrir.

-Entiendo. Pero no sé qué tengo que aprender. En esa época sólo quería seguir creciendo.

-A veces crecer no depende de aprender más, sino mejor.

-Ya , pero tú mismo decías que hay que moverse si no quieres convertirte en un…

-…no sólo los árboles necesitan raices. Debemos cuidar de los nuestros.

Ebye escuchaba con atención. Robin se le había escapado pero no pasaría lo mismo con él.

-Escucha Louis, quisiera darte las gracias por tu paso por el mundo. Me gustaría sólo decirte que dejaste huella en la profesión, que nos acordamos de tí y de tu propuesta de cambio de perspectiva.

Louis inclinó la cabeza con gesto de elegante agradecimiento.

-Ahora presta atención. Todo irá bien.

Y se fué.

Y de nuevo una sacudida.

El instituto. Reconoció a sus compañeros de clase. Y la vió. Impulsando la silla de ruedas pudo volver a sentir la lástima que le provocaba aquella chica que sólo estuvo un curso con ellos. Y de repente, como si se tratase de una revelación, se percató de algo que le ardió por dentro. Sintió el impulso primero que le hizo estudiar fisioterapia. La fascinación por el cuerpo. La admiración por la profesión que podría cambiar la vida de las personas. Y un inesperado frio le recorrió el alma; el miedo al sentir la posibilidad de ser quien sufriera el daño del sistema infinito, de ingente poder, de inexorable clave hacia su acceso en la recuperación; el miedo al sistema nervioso. Reconoció el motivo inconsciente de su especialización en músculo esquelética…y en la región lumbar…lejos del cuello. La chica le pasó por su lado y juraría que al pasar le dedicó una sonrisa.

-A veces la realidad es tan incierta…

Ebye se sobresaltó. Se había olvidado de los fantasmas. El volverse miró al tal Andrew. Y entonces lo reconoció.¿Qué hacía él allí? ¡A él no sabría què decirle! En realidad eran tántas las preguntas…

-No hace falta que preguntes nada…-acertó a decir el fantasma como leyéndole el pensamiento- ya sé que tienes mucha confusión.

-Menuda la que he liado. No sé qué decirte….

-Yo te responderé. A veces no hay que tomarse las palabras al pie de la letra. Los motivos de cada cual para tomar su camino, no deben convertirse en los de los demás. Hay que evolucionar Ebye. Pero razonando. Y siempre sé crítico. Nunca des nada por sentado.

Ya no estaban en el instituto. Habían vuelto a la sala. Segundos antes de verle salir por la puerta, Ebye acertó a decirle…

-¡Siento lo de tus hijos!

-Piensa en los tuyos Ebye-le contestó él antes de desaparecer.

¿Hijos? Se sentó en su despacho y pensó en intentar dormirse. Así despertaría de aquel extraño sueño.

A veces en la vida se presentan mometos de lo más especial. No por su significancia en el presente, sino por la relevancia para el futuro…

Ebye levantó la cabeza del escritorio. Miró hacia los lados. Todo estaba en orden. Menudo sueño. Se levantó de la silla. Le dolía la espalda. Pensó en que tenía suerte de saber tanto y a la vez suerte de saber tan poco.

-¿Cómo te encuentras Ebye?

-Bien, gracias. Me había quedado dormido Shirley. ¿¡Shirley!?

No, aquello era demasiado. Un sueño extraño lo daba por válido fruto del cansancio, pero tenerla allí delante; eso pasaba a ser preocupante de nuevo.

Aquella señora de rasgos amables y a la par exigentes, le invitó a salir de la sala.

-Es mi turno. Acompáñame.

-Lo, lo, lo que usted diga-tartamudeó.

Era incapaz de desobedecer a aquella señora. Sin dar crédito a la jugada que le estaba haciendo su mente, entendió que lo mejor que podía hacer en aquel momento era dejarse llevar. Sintió que la rigidez con la que se había enfrentado al pasado, se trasformaba en el presente; se hacía definitivamente, relativa.

Salieron de la consulta. Ebye perseguía a la mujer con paso firme hacia la calle. Al salir le preguntó:

-¿No saltamos?

-Espera y mira.

Aguardó unos segundos mirando a aquella imponente señora a la que admiraba, pero ella no le dirigía la vista, sino que fijaba sus ojos en la entrada de la clínica.

Entonces se vió como en un espejo, saliendo de la clínica en solitario. Escrutó su cansado rostro y se dió cuenta de que estaba viéndose.

-¡Estamos en el presente!

Shirley asintió.

-Obsérvate-le dijo.

Vió cómo se metía en el coche bostezando. Antes de arrancar, tomaba el teléfono y leía un mensjar de un perfil en una aplicación. “Sam”.

-Por Dios, puedo sentir mis pensamientos. Quiero responder a Sam que sí iré a la cena mañana. ¿Pero por qué apago el movil? ¿¡Que no quiero distracciones!?-se contestó con incredulidad.

Sintió algo extraño en su interior. Por un lado pensaba en que hacía lo correcto por no querer distracciones en este momento de su carrera. Pero por otro algo dentro de su mente peleaba por salir.

-¿Y ahora qué tengo que hacer? -dijo dando la vuelta y buscando consejo de su acompañante. Aquella se encogió de hombros.

Entonces sonó el teléfono. Metió la mano en su bolsillo y desconectó la llamada. Era su padre.

-¿Sí?-sonó en estéreo.

Su teléfono no funcionaba. En cambio el de su yo del coche sí.

-Hola papá. ¿Cómo está mamá?

No podía escuchar las palabras de su padre. Pensó en que debía haber sido una llamada suya y no de su padre. Hacía varios días que no hablaban.

-Vale. No, no creo que salga mañana. Tengo mucho trabajo. Para el mes que viene tengo los billetes para ir a veros.

De repente recordó.  Aprovechando la formación iría unos días a pasar con su familia un par de noches. Aunque pensándolo mejor, tal vez cogiera vacaciones para quedarse algo más de tiempo. Se dió cuenta de la debilidad que tenía delante; su propia familia.

-¿Ves lo que haces? -le preguntó Shirley.

Asustado y acalorado por aquella situación, respondió de forma confusa:

-Creo que sí.

-Pues no lo hagas-sentenció la señora S gesticulando con firmeza y poniendo un índice en su sien.

-Creo que le entiendo…

Pero era tarde. Se había marchado. La incredulidad se transformó en sorpresa al rozarse la sien. Le acababa de valorar y enviar un precioso mensaje. Debía corregir algunas cosas. Y nadie más que uno mismo debía actuar si verdaderamente quería hacerse más fuerte.

En ello estaba cuando se percató de que se encontraba en el coche. Buscó a prisa su móvil. Miró el registro de llamadas y allí estaba. La llamada de su padre. Entrò en las redes y recordó que tenía pendiente llamar a un par de colegas. Tenían que preparar el siguiente encuentro y también recordó que debía asistir a un par de reuniones en enero.Vió el símbolo de wassap y buscó a Sam. Abrió su perfil y comenzó a escribir… pero el móvil no le funcionaba…

Miró si tenía cobertura. Sí.  Miró si tenía batería. También.

Entonces uno de los cuadraditos de su pantallá tomò relieve. Del cuadrado blanco y azul surgió un enorme pájaro que salió de la pantalla hasta atraparle ente el asiento y el airbag. Antes de que pudiera tratar de moverse se encontró de nuevo con esa sensación, ya casi familiar, en el pecho.

Se vió bajo la sobra de aquel pájaro enorme y mudo que aleteaba sobre su cuerpo, señalando hacia el oeste. En un enorme parque pudo divisar un atardecer. En contra luz observó una persona que empujaba con dulzura a un niño, tal vez una niña, en un columpio.

Sin entender, extendió su cabeza pero antes de alcanzar al pájaro los rayos del sol ponientes le cegaron.

-La ultima vez Sam. Debo llevarte a casa. Debes volver con ellos.

-Sólo un poquito más. No quiero que te vayas-contestó el niño desde el columpio.

Ebye se miró y reconoció sus manos en la cadena del columpio.

El pájaro agitó sus alas y desaparecieron. Entonces pudo sentir las lágrimas resbalando en sus mejillas durante el salto.

Un hospital. Reconoció el sonido de la camilla neumática.

“¿Quién vendrá a verte cuando ya no quede más que la vida que se pasó ?”

Esta fué su última reflexión.

 

 

 

“No sufras. Estás aquí para aprender. Tienes la oportunidad de hacer las cosas de otra manera. No hay formas correctas o incorrectas. Sólo opciones. Y eres tú quien las toma. Tienes un tesoro en las manos. Tu destino. Eres un ser único y tienes la oportunidad de ayudar a tantos…pero debes recordar que las raices son importantes…y que el futuro no es sino el presente que ya ha pasado cuando tan sólo te dió tiempo a suspirar… 

No existen los dogmas. Sólo personas que opinan y pasan por este mundo tratando de dejar la huella para que otros prosigan su camino…pero es la senda una tábula rasa y nunca debes dejar de ser crítico en tus pasos. Comenzando por uno mismo. Agradece la familia de compañer@s de la que dispones en tu nube de fisios y nunca olvides su influencia. No te arrepientas de tus actos en el camino de la profesión. Los pasos en falso no existen, existen las falsas pisadas, y se solucionan desde la más positiva de la perspectivas; las que convierten el amarillo en verde.”

 

-¿Ebye?

Las manos de Boby despertaron del sueño a Ebye.

-¿Ebye estás bien?- escuchó desde delante un acento alemán.

-¿Eh?- se recompuso al contestar.

-¡Te has dormido!- exclamó Boby sonriendo.

-Bobby, ¿què haces mañana?

-Pues te iba a decir que te vinieras a casa. Johanna va a hacer…

-…Pannacota-terminó Ebye.

-¿Cómo lo sabes?-se extrañó Boby-Me lo acaba de proponer en el grupo de wassap.

Ebye sonrió. Se estiró un poco, echó una ojeada a sus libros. Eran unos buenos regalos.

-Boby, si me esperas un segundo, me voy contigo.

-¿Una cerveza?-propuso con acento alemán.

-Perfecto. Pero antes voy a hacer un par de llamadas.

-Salgamos entonces ya.

 

 

 

AMA CADA COSA QUE HAGAS. Y SI MIRAS HACIA ATRÁS, QUE SEA PARA APRENDER Y COMPRENDER TU PRESENTE SIN JUZGARTE.

FELIZ NAVIDAD FISIONUBE.

FELIZ NAVIDAD COMPAÑER@S.

 

 

 

 

Continuismo

20170625_205344Partiendo de la base de la imperfección de la idea con respecto al juicio, esta entrada es una invitación a la reflexión acerca de la idea que ronda en nuestro entorno, etiquetando a cierta voz de ser continuista…

Definamos Continuismo:

Situación en la que el poder de un político, un régimen, un sistema, etc., se prolonga sin indicios de cambio o renovación.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados 1

La unidad NO es una magnitud determinada, sino que una cantidad se puede medir con un patrón de medida donde se establezca una unidad, la cual no está en la cantidad misma, pues el uno implica la discontinuidad. 2

La voz es nuestro caso no resulta de una sola persona, es la resultante de un grupo humano. Un conjunto de esta índole jamás podrá considerarse continuo ya que las personas que la conforman se consideran unidades en sí mismas, y por tanto de naturaleza discontínua.

Ya, ya. Pero a mi me han dicho que sois continuistas… y no en las personas sino en los ideales. 

Para desmentir tal afirmación nos falta un factor de vital relevancia: el tiempo que a todos en su sitio pone.

¿Salto de Fé?

No. Somos científicos.

Acto racional.

Os invito a razonar conmigo.

A los fisios nos encanta razonar. El intelecto desde el entendimiento nos permite realizar juicios. Y estos requieren de la presencia de ideas, tal así que éstas no nos serán suficientes para emitirlos.

Es evidente que el acto de conocer se efectúa en el sujeto, y en él se termina y consuma. Esto hace suponer la representación interna del objeto, o sea la idea.

Tenemos pues, una idea. “La voz es Continuista”. Pero ¿de quién es dicha idea? y necesitaremos algo más, ¿no? Pues si no, tan solo estaremos percibiendo algo.

Para lograr este resultado, ya que no baste para alcanzarle el simple acto de la percepción, el entendimiento realiza una importante función, que lleva el nombre de juicio.

El juicio es la función intelectual por medio de la cual afirmamos, interiormente, la relación de conveniencia o repugnancia entre dos ideas.

Para llegar a este resultado, es indispensable que la facultad encargada de desempeñar la función a que nos referimos, analice, o lo que es igual, descomponga las cosas, de modo que vea con separación lo que en ellas existe, y después reconstituya el objeto, afirmando o negando, según el carácter de la relación que haya descubierto.

Para descubrir la relación que existe entre los términos del juicio hay necesidad de que ambos estén presentes, pero separados entre sí. El entendimiento los compara, y solo por esta operación le es dado llegar al descubrimiento de la relación que existe entre ellos. 3

“La voz es continuista”

Por un lado tenemos la idea de continuismo, por el otro la voz.

Una voz conformada por un grupo humano, discontinuo per sé. 

Continuismo anteriormente definido.

Tal es la índole del juicio. Por él atribuimos o negamos una propiedad o cualidad de un sujeto, después que hemos analizado las nociones de dichos términos. «Cuando interiormente decimos que una cosa es o no es, o que es o no es de esta o de aquella manera, entonces hacemos un juicio.» 3

O sea, que en una institución en la cual existe un grupo que en un momento dado pueda modificarse, la idea de que la mayoria de las personas que lo conforman se mantengan, nos llevaría a pensar en el continuismo, desde el punto de vista político .

Ahora bien , si tenemos en cuenta que somos fisios y somos razonablemente críticos, clínicamente y por qué no, deberiamos también serlo en la vertiente institucional de la metalingüística de nuestra profesión , podríamos brindar la oportunidad a nuestro intelecto de emitir un juicio, favorable o no.

Y más teniendo en cuenta un par de aspectos más: la alternativa a la voz , parte de un grupo humano que también ha conformado al previo. Y la voz viene conformada por personas que hasta el momento no formaron parte de aquello que se critica de ser continuado.

Mi juicio: El sistema político andaluz que rige la Fisioterapia nunca será continuista por el simple hecho de modificar en su interior, las unidades (discontinuas por naturaleza) que conforman sus representantes. Nos guste o no, somos seres sesgado y para bien o para mal, evolucionamos y nos influimos con el simple hecho de ser. Por tanto el cambio y la renovación están asegurados pase lo que pase.

Otra cosa es el poder…hay grupos que quieren el poder para la profesión, que en nuestro caso es la fuerza… desconozco ( pues no tengo ideas con las que razonar) para qué se quiere el poder en otros.

La idea (imperfecta en esencia) de continuismo debería ponerse en tela de juicio si somos razonables.

Os invito a generar vuestro propio juicio.

Gracias.

Para referencias clicar en los links

Dame una D.

300px-Rubik's_cube.svgCompetencias a parte, la fisioterapia está viva y debe integrarse en el actual maremagnum ciberflotante de información y actualizaciones; Ciencias y Artes deberían viajar siguiendo el rumbo de la creatividad y del pensamiento abductivo, navegando en la seguridad del razonamiento.

El proceso creativo, como saben, bebe de la armonía (desequilibrada y viva) de diversos procesos mentales. Requiere divergencia y convergencia. Sin desparrame de sesos, como apunta el elefante*, pero con la mente abierta como predice el fisio super sabio*, la profesión debe mirar por la rendijita de la evolución más allá del muro semipermeable y ver qué se cuece en los fogones de aquellas entidades que desde las guías de práctica clínica bucean por los confines de la innovaciòn.

En fisioterapia debe primar el pensamiento científico, y hay una acertada corriente que impulsa la inclusión del pensamiento crítico, pero ¿qué hay del pensamiento creativo?

Es el Pensamiento de diseño del que me estoy hoy haciendo eco. Esta entrada es tan sólo una reflexión ante algo que quizá, en mi ignorancia, ya se va desarrollando en clínicas de fisioterapia o unidades de fisioterapia en hospitales, como se hace en otros centros sanitarios y se muestra, por ejemplo, en Este caso .

Vamos a definir el pensamiento de diseño. A plantear una hipótesis. Y ustedes me critiquen… comenten… participen.

Os comparto una ponencia de lo más interesante, donde se define el pensamiento de diseño y su aplicación en el ámbito de la salud.

¿Listos?

Allá va mi reflexión: en dos planos paralelos como son el ámbito clínico (primera intención hacia el paciente, alianza terapéutica, razonamiento clínico) y el empresarial (experiencia de negocio, privado o público salvando las diferencias organizacionales), estos conocimientos serían aplicables como en cualquier otra disciplina.

Ahora bien, en lo referente a unidades de gestión no me siento capacitada para lanzar hipótesis, si bien motivada para lanzar el reto a aquellos que siendo conscientes de nuestra debilidad, tienen la oportunidad de acceder a los recursos que les posibiliten el planteamiento de una propuesta de innovación en gestión en fisioterapia.

Las ideas, como pegatinas, necesitan adhesivo y soporte dónde situarse; en la globaliad del hecho, (situación a mejorar), un eje que les proporcione sentido…y en el final…la persona(s) que encuentren el más adecuado para crear figuras cual cubos tridimensionales que nos den la visión global de soluciones innovadoras.

Pero ¿qué hay de la resolución del problema del paciente?

¿Puede la fisioterapia beber de estas nociones de creatividad?

¿Debe?

Os dejo también esta ponencia:

Aquí

Al fin y al cabo, el pensamiento de diseño se basa en la resolución de problemas centrados en la persona, y sus fases son: comprender, observar, definir, idear, prototipar, testear…

…al fin y al cabo ¿ no eseso Fisioterapia?

 

Buena lectura!!

 

Imagen|Cubo

El desprestigio

Hay encuentros fortuitos que acontecen pocas veces en la vida…

De entre el brillo de unos ojos cierta chispa me alcanza para llamar mi atención.

Hay guerras en las que no es sencillo luchar. A veces por que no quieres, a veces por que no pensabas estar.

Pero entonces se levanta un delgado índice para solicitarle distancia; y pedirme cercanía.

Y me gana la batalla.

Me acerco con mirada curiosa y me susurra:

-El des-pres-ti-gio_casi sin aliento.

Frente a mi silencio, sus arrugas pierden la paciencia y se revuelven en su rostro, buscando alguna señal en el mio.

Ante mi sonrisa, no le hacen falta sonidos y me responde con un alzar de cejas y un resoplo de hastío.

-Me molestan …las…gafas…

Una vez fueron las gafas, otra fué un sillón maldito; y en fondo de mi alma, habita el gigante con cara de chiquillo.

Dulcinea entra en escena y entonces todo se modifica.

Y hago mutis; no en el foro, pues debo quedarme en escena…

Mientras observo en segundo plano, aprovecho para captar detalles.

Posición, movimientos, gestos que esconden anclajes donde yo me apoyo en el hecho. Signos que comparar en mi razonar tardío.

Cada paso, cada avance, importa.

Y como una sacudida irrumpe él.

El desprestigio.

-No te mueves.

-No come.

-No me hace caso.

Y ¿quién soy yo para ponerme enmedio?

¿Quién me ha dado guión en esta obra?

A veces el fisio es un artista invitado, que llega en el final de la función cuando todos los papeles estaban asignados. Y como un Sancho perplejo, se esfuerza en hacer un digno intento.

Que me perdonen mis Dulcineas.

Que a veces no nos entienden.

Que la locura no es tal, cuando desde el otro lado, los molinos son más gigantes, que molinos.

Tres he tenido fortuna. De conocerles tuve la suerte.

Y cuando un Quijote se va. Una Dulcinea queda.

Pero también un Sancho, que parte en busca de otras obras inconclusas, confundido y pesaroso.

A uno de ellos le dije  (y espero que los demás me oyeran):

“No hay más bello desprestigio que aquel que del amor llega”

 

 

 

Hasta siempre.

Autoeficacia

El nuevo paradigma actual de la fisioterapia tiene varios frentes abiertos.

Todo aquello que evoluciona y establece fuertes raíces, en ocasiones, parece amenazar el terreno de otros estamentos.

Donde la superioridad no existe, la tierra impone sus leyes, tan antiguas como la humanidad. Y en la complejidad de la misma, se nos olvida que más allá del árbol, existe el bosque.

Le hablamos al paciente de la independencia. En realidad, en la Alianza, el mayor síntoma a vencer (llamémosle signo si os complace), es el la baja autoeficacia.

Es difícil hacerse cosquillas a uno mismo…también daño. ..o causarse alivio.

La neurociencia nos muestra que es más significativo aquello que ocurre desde el exterior…aunque discreparía de su verdadera relevancia en el proceso curativo.

Y es que si se nos aplica el mismo tratamiento, los fisioterapeutas deberíamos autoesforzarnos, y no esperar a que otros curen nuestras carencias.

Potencia tus habilidades, no tus discapacidades… se nos pierden las mejores.

Los bosques están llenos de raíces…¿quién teme a quién?

¿Debemos temernos? Hay tierra para todos…

Es tiempo de cambio. Existen personas que creen en tallos verdes, flexibles, debemos saber adaptarnos. Pero si nos anclamos en egos presuntuosos y no parsimoniosos, volveremos a caer en la misma tesitura…

Reflexionemos.

La autoeficacia comienza por una fuerte memoria de éxitos anteriores.

Éxitos que se basen en batallas ganadas a favor del crecimiento interno, y no del fracaso de los demás. Memorias de superación que refuercen una motivación intrínseca, que nos mueva a generar oportunidades. Los límites impuestos son absurdos…y más cuando lo hacemos hacía los supuestos adversarios.

La autoeficacia parte también del conocimiento de lo que queremos conseguir, superar, restablecer, conquistar. A las generaciones que llegan hay que darles conocimiento. Y a los veteranos, la escucha activa.

No es una guerra. Es la reconquista de valores. La diferencia radica en el respeto al resto.

Objetivos “elegantes”, o marcianos”, venga, va.

Qué bien nos sabemos la teoría…

Son tiempos de cambio.

Si te valoras, te respetas, te quieres, y crees en tí.

Yo amo mi profesión.

Y estoy preparada. Porque me impulsan memorias de otros que ya crecieron.

¿y tú?